lunes, 3 de febrero de 2020

A LO LARGO DE LA VIDA (revista "El pollo urbano"),

Ramón Acín: A lo largo de la vida…

Por Jesús Soria Caro.
        En la presentación del libro Alfredo Saldaña hablaba de relatos de gran potencia metafórica.
    Así es, muchos de los personajes son símbolos, metáforas de lo arquetípico de una soledad y un vacío que hay en muchas vidas: momentos de olvido, de soledad forzada o buscada, de refugiarnos en esta para buscar el reencuentro con lo que fue, algo que es como la llama que alimenta la vida que pasó; salvándonos del invierno y del desierto helado de lo que queda. La soledad como viaje al conocimiento en el que buscar las repuestas a quienes fuimos o creímos ser, para saber mejor así quiénes podemos ser. En definitiva, mucho de lo experimentado por los personajes que aparecen en estos relatos pasa a ser la metonimia del tiempo y sus recodos de silencio, en los que solos ante nosotros nos enfrentamos a preguntas que muchas veces no tienen respuestas, pero que configuran nuestro ser.
     Ramón Acín aquel día en abril invitó a sus lectores a la soledad como enseñanza ante la multitud, ante la muchedumbre de ti mismo. A saber que hay una “verdad” literaria en la que la realidad nutre a la ficción o viceversa. Aunque tal vez, como afirmara Berkeley, somos el sueño de un dios o de un infinito que nos imagina y de ahí que la ficción sueñe nuestra realidad. Así, aquella tarde, casi a modo de confidencia o de narración, ante el fuego de las grandes narraciones orales, terminó confesando que hay realidad, experiencia, lecturas de prensa y sueños de nosotros mismos. Mostrándonos a todos como personajes del tiempo o de la historia, la intrahistoria unamuniana que recorre estas “ficciones” de todos, siempre sucedidas a lo largo de la vida
   En “La acurrucadita” se aborda el abandono, la marginación de quien enfermó en el colegio. No se hace explícita la causa de su marginación, tal vez por una enfermedad mental, por acoso, o puede que por una conexión entre ambos motivos. Fuera el motivo que fuese, su “dolencia” ocasionó que sufriera el abandono porque quienes eran más cercanos a ella:
     La enfermedad se apropió de su cabeza y comenzó a hacerse invisible. Incluso, en su misma familia, corrieron esa cortina cruel de la indiferencia que lleva al olvido primero, y al abandono, después. Y, en su caso, además, a una increíble crueldad” (Acín, 2019: 13).
        Su dolor, la incomprensión, la convirtieron en “un objeto anodino. Como cualquier otro paisaje de la Serranía. Formó parte de la vista general de la villa porque el hastío del día a día la convirtió en invisible. (Acín, 2019: 14). El narrador alude a lo que le contó su hermano, que vivió de forma directa aquellos acontecimientos. Recogiendo el testimonio de la crueldad que muchos otros niños tuvieron con ella: “sé de buena tinta que él, como casi todos los muchachos de aquellos días, fue uno de los protagonistas. Protagonistas de la maldad. Cuando se es niño muchas cosas se hacen por imitación”. (Acín, 2019: 14).
     “Miliciano Frankestein” es la historia de alguien que tras una explosión sufre una deformación de su rostro y desde ese momento su única forma de vida es formar parte de un circo. Realmente lo deforme es la sociedad de deja de ver al ser humano y solo ve la malformación de su cara. Su experiencia pasa a ser noticia. Tanto interesa lo escabroso del relato que el periodista prima el sensacionalismo, olvidando su dolor y las carencias como ser que ha sufrido, sus cicatrices. Al escribir su vida le borra la identidad, se centra más en su apariencia externa, lo que difuma su pasado, elimina la verdad de quién es y quien fue:
      Los relativos a su verdadera identidad, que apenas mencionaban su verdadero nombre, el Silvano de pila. Muy al contrario, hurgaban complacidos, con especial ahínco, en los varios alias que, a lo largo de su existencia, el Largo se vio obligado a aceptar (…) En las respuestas del Largo es notorio que, una vez arrancada su persona de su primigenio nombre, le duelen sobremanera las sucesivas reencarnaciones en Frankestein. Quizá porque con ello sabe que la apariencia se impone a la verdad y que la superficialidad de la imagen hace desaparecer el poso de tu existencia previa. (Acín, 2019: 25).
    Antes de toda su tragedia existió un pasado ideal, en el que luchaba en el frente por sus convicciones políticas. Es hermosa la fuerza narrativa de los recuerdos, en los que se relata su historia antes de que la explosión marcara su transfiguración física. Se hace desde una conciencia del presente, que desde el dolor de haber perdido quién fue, recuerda quien pudo ser:
     Una Barcelona en la que él, junto a los suyos, mosquetón en mano, había ayudado a limpiar la inmundicia fascista de las calles. Le daba igual estar en la trinchera pelando la guardia que en el camastro esperando unos sueños que nunca iban a llegar. (Acín, 2019: 24).
     La verdad, la post-verdad, la perspectiva interesada, la manipulación de las masas, el efectismo de lo que parece expresionismo vital de lo vivido. Todo menos lo que el ser humano que sufre esa experiencia quisiera expresar, importa más como decía MCLuhan el medio porque este construye la interpertación del mensaje, aquí el medio es el espectáculo que importa más que la verdad:
       El periodista, llevado de su perversidad profesional o por ese tributo debido al actual dios del pragmatismo, busca lo que busca. Encanallarse no le importa. Esta visto que, ante todo, quiere seducir al lector con su reportaje. Le da igual la frivolidad, la falsa verdad, el artilugio o el decorado. (Acín, 2019: 33).
      Así, con la poesía de quien huye de lo que la historia no pudo ser y debió ser, su soledad intenta alcanzar un camino diferente al que fijó su aciago destino, intenta salir de la pesadilla de la historia, lo que es una hermosa personificación. Hay que destacar que a lo largo de la novela hay un diestro uso del lenguaje poético, una orfebrería lírica al servicio de la profundidad de la emotividad en lo narrado: “La soledad del Largo busca salir de la pesadilla de la historia”. (Acín, 2019: 35).
    En “Tuvieron su hora”, en un valle abandonado, se recuerda como todos los que habitaron ese lugar fueron despareciendo. Hay algo que tiene el sabor del color del silencio que caía como gotas del pasado perdido en La lluvia amarilla de Julio Llamazares. Es un homenaje a la vida que quedó en el ayer, a los fantasmas del tiempo que habitan un presente en las ruinas: “porque la suya fue una lucha encarnizada y eterna desde el momento en que todos se fueron. Entre fantasmas y recuerdos. A vueltas con sueños y delirios. En medio de sombras y silencios “  (Acín, 2019: 37).
     “El único superviviente”, nos presenta a un narrador que ha enterrado a todos y al contarnos su vida está enterrando su memoria, ya que nadie va ya a poder contar su vida como último habitante de la villa. Por eso ha cincelado su lápida para que quede constancia de que él también reposará allí junto a todos los que están con él en sus recuerdos:
    Él lee una y otra vez, en voz alta, todas las lápidas. Porque al hacerlo, se acuerda, uno por uno, de todos ellos y siente su compañía. Los siente vivos, al igual que cuando estuvieron a su lado. Esto lo escribe con rotundidad, aislando la frase del resto del párrafo. (Acín, 2019: 42).
   Hay una poética descripción final en la que deja de ser y poco a poco queda cosido a ese no-tiempo del que todos forman parte en la desaparición de quienes habitaron aquel lugar:
     “El corazón de la montaña se había posesionado de mí y sus raíces, bajo mi piel, arraigaban en lo más hondo, impidiendo que mis piernas alcanzasen un movimiento liberador. Me sentí cosido a un tiempo del que, además, me resultaba imposible escapar” (Acín, 2019: 51).
     “Viaje a ninguna parte” es un homenaje a la tradición clásica del viaje exterior que es también interior. Hay algo también del Road movie del cine moderno en el sentido de la huida fuera del vacío, fuga a ninguna parte, al todo del silencio de su yo, al destino de escapar fuera del dolor:
     Tan solo deseaba convertirse, por unos días, en viajero. Solo eso, un personaje anónimo y solitario, sin más finalidad que la del sudor y cansancio de la etapa. Y, entretanto, ver qué pasaba durante el camino. No por todo lo azaroso que pudiera salirle al encuentro, sino por el deseo de posibles cambios en su persona.  Cambios que creía necesarios para enfrentarse al vacío que lo perforaba cada mañana (Acín, 2019: 60).
     “Despojos, momias y demás ralea” nos habla de un joven enigmático, sin pasado, que ha contado a sus amigos cómo ha sido encontrada la momia de su abuelo, este llevaba quince años muerto y había mantenido una relación con una noble francesa que lo hizo millonario. Su relato, que fue hecho años atrás, ahora es recuperado por el narrador que lo escuchó a su  misterioso amigo. Lo hace así tiempo después, cuando ve que aparece en la prensa francesa. Tras su fallecimiento todos los vecinos actuaron como si no hubiera existido, no lo consideraban parte de su vida, su realidad. Su historia es la de un artista que había estado en un campo de concentración. Ante esta marginación, su sobrino subrayaba la xenofobia como causa de su olvido. Todo es un misterio, como en Ciudadano Kane, la información y un secreto insondable recubre todo lo contado. En el artículo se alude al abandono social e institucional, ya que ni los bancos atendieron la falta de movimientos bancarios en años, hacienda hipotecó la vivienda sin mandar a nadie para comprobar si estaba habitada… Es un misterio cómo llegó a lo más alto, se desconoce por qué aquella mujer casi en su lecho de muerte se desposó con él, por qué estuvo 15 años muerto como una momia y olvidado, qué pasó también con el padre de Ramón que murió en extrañas circunstancias, y al final por qué Ramón despareció y qué es de él. Lo más curioso es que en Santander, su ciudad natal no hay documentos de su nacimiento, es cómo si la historia también lo hubiera olvidado:
    Una momia de quien nadie da razón ni en Lille ni en Santader -como afirma Ariane Chemin-, la ciudad española donde este nació. El ayuntamiento de Santander, a requerimiento de la Administración de Lille, afirma no tener constancia de tal individuo ni de su familia y justifica la ausencia de datos, bien con los sucesos bélicos de la Guerra Civil española, bien con el espeluznante episodio posterior sufrido por la ciudad con el incendio que la asoló. (¿1948? (Acín 2019:  93).
   “De la edad madura en vía muerta” es la historia de un ferroviario que lleva años, en la misma curva de una estación, viendo pasar la llegada y salida del viaje vital de los otros. Es una curva peligrosa, al igual que lo son algunos giros inesperados en el futuro. Siempre en el mismo sitio, solo, viendo mudar la piel del tiempo y del paisaje con el paso de las estaciones. Vigilando el paso de nivel más peligroso de la línea de ferrocarril:
     Porque, aunque nadie lo crea, trabajó la vida entera en la misma línea y sus ojos, durante todos estos años, solo estuvieron acomodados a un mismo paisaje. Sin otras variaciones que las que destilan las previsibles mudanzas de las épocas del año. (Acín, 2019: 100).
    Su vida parada, detenida, sin viajar a ningún destino, contrastaba con lo que veía dentro del tren del tiempo en el que él nunca entraba, porque parecía residir fuera de este. Así al mirar por la ventana del tren, desde su posición externa, veía a quienes viajaban a la vida, a su futuro, mientras que él,  siempre solo se quedaba en tierra:
      Pasajeros que, después, con una angustia que no sabía de dónde procedía le hacían meditar sobre su vida y sobre la vida. A veces, después de entrever, tras los cristales, aquellos rostros fugaces, indagaba inútilmente sobre sus sinsabores o sus alegrías. Una mueca o una sonrisa, siempre efímeros, destapaban la grata caja de Pandora donde la reflexión actuaba de bálsamo. Pero, en otras ocasiones, la imaginación se le disparaba desbocada entreviendo todo cuanto él tenía vedado y que, sin duda, no lograría disfrutar nunca. (Acín, 2019: 102).
    La vía de tren varada, ya que el paso de los años inhabilitó el trayecto que cuidaba, es una metáfora de su experiencia vital; existencia parada que veía la de los otros moverse, existir. Cuando esta fue cerrada, su vida que era un correlato de esta, quedó en la misma abulia y ausencia de acontecimientos, aunque estos, eso sí, siempre fueran ajenos y no propios:
    Ahora, a sus noventa y cuatro años, permanece varado. Varado pero todavía vivo, dice. Quizá igual de varado y de vivo que el resto de los años de su vida. Varado en sus recuerdos. Navegando por ellos. A brazo partido y, al mismo tiempo, a contracorriente. Pero, pese a ese esfuerzo y a la forzada quietud, los recuerdos continúan bulliciosos, poblando su memoria de voces y ruidos, de silencios y reflexiones (Acín, 2019: 103).
    Cada micro-biografía literaria que aquí se presenta, decimos bien” biografía” porque esos seres son casi reales, no solo en la medida en que lo narrado respeta el pacto de la verosimilitud, sino porque remueven en nuestro yo profundo ideas que han formado parte de nosotros a lo largo de la vida. Nos permiten subir al escenario de nuestra realidad y recuperar del dramatismo del pasado algo que fue hermoso y que la mirada de lectores consumada desde lo vivido por estos personajes nos permite vislumbrar algo de lo que tal vez fuimos. También es posible que en las sombras de la realidad la ficción ilumine en la caverna de nuestro tiempo a aquellos otros yoes que pudimos ser, o  haya mostrado algo de ellos que queda aún en nosotros. Siendo así esta escritura, para nosotros lectura, la posibilidad de conocer no al que fuimos, sino al que pudimos o podemos llegar a ser, viendo así en estos relatos el retrato de otros mundos posibles que pudimos haber vivido. Lo sentido en lo leído nos acerca a esa posibilidad…

BIBLIOGRAFÍA:
Acín, Ramón (2019): A lo largo de la vida, Mira, Zaragoza

sábado, 28 de diciembre de 2019

ABRIR LA PUERTA


Abrir la puerta, de Ramón Acín


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Abrir la puerta, de Ramón AcínDesde Cioconda la Radiante hasta Hachikó, pasando por Estanis el Abacero o El Santo Bebedor, los relatos reunidos en “Abrir la puerta”  muestran unos personajes tan singulares como sus vidas. Nada de lo que se dice de ellos resulta intrascendente, todo parece abocado a revelarnos una segunda intención. Hasta el punto de que los relatos contenidos en este libro van bifurcándose y proponiendo significados distintos a medida que se avanza en su lectura. Con un estilo atrevido pero reposado, y sin olvidar un toque de sorna, Ramón Acín establece en este libro un universo de seres subyugantes, una caterva mítica que a veces obliga a reflexionar y a veces a sonreír.
Abrir la puerta” es un libro donde se condensa toda la experiencia literaria de Ramón Acín, que cuenta en su haber con casi tres decenas de libros, para ofrecernos su visión personal del mundo. De forma que partiendo de figuras desconocidas, o de acontecimientos locales, Acín alcanza lúcidas conclusiones universales sobre la fama, el destino, la mentira, la locura o los fraudes artísticos. Con un lenguaje que busca las segundas intenciones y los recovecos expresivos, Ramón Acín logra que sus historias se condensen hasta convertirse en verdaderas novelas. La curiosidad y la necesidad de compresión, que son el germen de toda literatura, bullen en cada uno de estos once relatos

sábado, 10 de febrero de 2018

Cierta Distancia: Ramón Acín - Cuestionario básico

Cierta Distancia: Ramón Acín - Cuestionario básico: 1.- ¿Por qué escribes? Creo sinceramente que a escribir me impulsa el hecho y la necesidad de conocerme a mí mismo y conocer el ento...

martes, 16 de mayo de 2017

EL TAMAÑO DEL MUNDO por Susana Hernández

Para mostrarnos El tamaño del mundo, regresa Ramón Acín, aquel que tan buen sabor de boca me dejó con “Siempre quedará París”, ese narrador de historias de la Historia de su amada tierra. Esas tierras fronterizas que tanto marcan al ser humano, más si son de montaña, y no solo en tiempos inestables, sino a lo largo de toda la vida de sus habitantes.

Regresa con esos dichos y refranes tan aragoneses, con esa forma de narrar tan entreverada de datos geográficos e históricos que sirven de soporte y dan mayor fuerza y credibilidad a la parte más novelada. A través de esta parte de la historia de Aragón nos mostrará El tamaño del mundo.



[“El mundo son los otros” fue el susurro que desde niño excitó el magín de Julián y también el arrullo que con el tiempo acabó por dar total solidez a su vida.
Hubo más susurros y arrullos, como “la vida es un viaje al vacío”, “la verdad se urde con tiempo” o “la memoria, un depósito de cadáveres”, que, junto a otras varias frases de parecida enjundia y que ahora no vienen a cuento, aun habiendo cincelado en buena medida la personalidad de Julián, no enraizaron, ni germinaron en sus entresijos mentales con la misma intensidad. Todas ellas habían surgido de labios de Pedro, el admirado tío paterno de Julián, bien en tertulias de carasol o bien al calor del hogar cuando la holganza del invierno, entre ventiscas y frío, solía brindar en Monte Oscuro ocasión para acarrear en familia nostalgias del pasado …”]
Así inicia el autor el relato de la vida y la historia de Julián. Corre el año 1902, y por este recién estrenado siglo XX avanzaremos con nuestro amigo a través de la historia de Aragón hasta más allá de la Guerra Civil Española. El protagonista crecerá junto a su tío Pedro, superviviente de la Guerra de Cuba.
Es curioso cómo, tanto en los libros de Ramón Acín como en los de otros autores de la zona del Pirineo, siempre está presente el éxodo de la población hacia otros lugares. Como ocurre en este libro, y que tan bien nos explica Acín, es fundamental la historia y derecho de los mayorazgos en las montañas con el fin de preservar las escasas tierras familiares, esto empujaba al resto de los hermanos al servilismo, y para huir de él, muchos optaban bien por el ejército o por lanzarse a la aventurarse de los viajes en busca de oportunidades y mejores condiciones de vida, pero también había un punto de curiosidad por saber qué había más allá del frío, de la nieve y de las altas montañas.
El libro está dividido en cuatro largos capítulos, y una pequeña introducción, a modo de prólogo o Liminar, que nos adentra en ese inicio del siglo. Y a través de las páginas y del paso del tiempo iremos conociendo a todos aquellos que importan en la vida de nuestro protagonista, padres, hermanos, esposa e hijos. Bien trabajados todos aquellos que serán fundamentales para la historia que nos quiere contar. Pero más allá de los personajes está la interesantísima recreación de la época, que nos da una buena idea de cómo se vivía, como se hablaba, y hasta de cómo se sentía.
Es importante saber cómo se forjan los hombres y mujeres de estas tierras montañesas para comprender por qué cada cual actuó de una forma u otra durante la contienda. en El tamaño del mundo notamos que a Ramón Acín le gusta hablarnos de estas historias de la guerra porque de alguna forma él es parte de esa historia que no quiere ni debe quedar silenciada. Hace bien en novelarla y hace bien en contárnosla, porque la que no se cuenta es una parte de la historia que se pierde para siempre, que quedará dormida en la pluma que no la quiso o no la pudo escribir.
Pero además, importa como lo cuenta, porque me ha hecho desempolvar el diccionario, y me he sentido otra vez alumna en una clase en la que deseaba aprender, comprender y aprehender algunas palabras que por haber caído en el desuso o por tener un origen aragonés yo desconocía, quería saber con exactitud su significado, no me valía el contexto, y cuando esto pasa es que el interés por lo que haces y lees es alto.
Un libro que bien pudiera ser de iniciación, pero de esos que precisan del acompañamiento del docente comprometido con la literatura y la historia.
Del blog "Libros y literatura" (16 de mayo 217)

martes, 18 de abril de 2017

LUIS GÓMEZ CALDÚ LEE "El tamaño del mundo"

Una opinión personal sobre “El tamaño del mundo”

En Literatura hay una máxima literaria que dice que “la felicidad no es novelable”. Que sólo es novelable la desgracia.
Lo que Ramón narra en su novela es la vida, pasión y muerte de una familia altoaragonesa en los años de la guerra civil española, familia compuesta por un matrimonio y sus cinco hijos que se verá dispersada y destruida por la contienda. Es una obra claramente antibelicista:
La guerra, la maldita guerra aparecía otra vez ante sus ojos como estorbo y como causa de todas sus desdichas” (Pág. 124)
Este infierno, loca barbarie” (Pág. 133)
Cuando acabe esta barbarie” (Pág. 168)
Las coordenadas espacio-temporales en que se desarrolla la novela son la provincia de Huesca fundamentalmente (y dentro de ella Canfranc y Boltaña como epicentro), pero también Barcelona y Buenos Aires.
Ramón nos da una auténtica lección de geografía pirenaica y no pirenaica: por sus páginas desfilan los valles de Ansó, Hecho, del Aragón, de Tena, de Broto, de Fanlo, de Vió, de Bielsa, el río Ara, la Hoya de Huesca, Somontano, la Solana, Sobrepuerto y en especial Sobrarbe con Boltaña como localidad donde transcurre buena parte de la acción, aunque Monte Oscuro es el pueblo inicial y refugio de los protagonistas, sin localización geográfica concreta. Se nota su amplio conocimiento de la vida montañesa en todas sus facetas. Monte Oscuro ya había aparecido en 2016 en un libro de relatos.
En cuanto al tiempo podemos decir que abarca los 50 primeros años del siglo XX, aunque Julián nace en 1895 y su tío Pedro participa en la guerra de Cuba de 1898.
Por lo que respecta a los personajes aparecen unos 60, aunque el papel más representativo queda reservado a la familia que forman Julián y Josefa y sus cinco hijos: Josefina, Germán, Leticia, Antonia y Carmen, mientras que los demás formarían como un coro indispensable para el buen desarrollo de la acción.
Aparecen también personajes históricos como Ramón Acín Aquilué, Ramón José Sender (se cita su novela El mancebo y los héroes) (fue mancebo de botica en Alcañiz y Madrid), los anarquistas Federica Montseny y Abad de Santillán, Alfonso XIII, el general Franco o Rafael Torres Escartín y Francisco Ascaso que asesinaron al cardenal Soldevila en Zaragoza en 1923. También Concha Monrás, la mujer de Acín; Galán y García, los capitanes de la sublevación de Jaca, así como el alcalde de esta última localidad, Julián Mur, asesinado por los sublevados.
Ramón tiene una enorme sabiduría narrativa, fruto de su intuición, de su reflexión y de sus múltiples lecturas.

Nos engancha con esta excelente novela de amor y de dolor, donde se defienden valores como la honradez, la honestidad, la libertad, la austeridad y, sobre todo, la solidaridad.

domingo, 9 de abril de 2017

MONTE OSCURO, reseña de Alberto Sabio en Revista TURIA

LUMINOSO MONTE OSCURO.
Reseña de “Monte Oscuro. Album de familia”, Ramón Acín
Zaragoza: Los Libros del Gato Negro, 2016, 131 páginas
Al ver el título, recordé mis excursiones por Monte Oscuro, un altozano en plenos Monegros desde donde se divisan kilómetros y kilómetros cuadrados de estepa, pero también un espacio simbólico de la Guerra Civil en Aragón, un “lugar de la memoria”. Es, desde luego, un monte mucho menos literario que el Moncayo de los hermanos Gustavo y Valeriano Bécquer. Después de leer este libro de Ramón Acín, sé que Monte Oscuro encierra muchas más cosas, con pasajes desasosegantes que te remueven por dentro y te ahogan, como cuando escribe sobre la muerte o sobre la vida entre fantasmas, o cuando se diseccionan las envidias entrecruzadas de quienes disfrutan más con el fastidio del prójimo que con la obtención de beneficio propio.
Las sombras de la familia, como reza el subtítulo del libro, se proyectan en múltiples direcciones, como anclaje de jerarquización y de sociabilidad. La familia son relaciones de poder, amas de llaves, institutrices severas, farsantes que ocultan su vida anterior, tensión entre los hermanos que seguían pegados a la falda de Monte Oscuro y otro vástago, supuesto hombre de mundo, que había emigrado a Madrid y trabajaba en el Banco de España (no se sabía de qué, pero “en el Banco España”), son partidas de póquer donde se juegan hasta el destino de la hija, son orgullos que provocan soledad y calumnias que cercenan tus esfuerzos, son rumores y habladurías. A veces la familia, como indica el autor, se convierte en “un volcán sin cráter, en una cueva sin salida, en un bosque sin migas de pan”. Desde otro punto de vista, la familia y la casa representan la tradición, la costumbre invulnerable, las inercias arrastradas durante siglos que, sin embargo, se vienen abajo de un plumazo cuando los sobrinos vienen a jugar con los viejos cachivaches arrumbados en la falsa.
Por “Monte Oscuro” ronda la microhistoria como método de análisis, no tanto como el ámbito pequeño de la historia. Acín la utiliza habilmente como herramienta para apostar de firme por el individuo, por sus sentimientos, sus interpretaciones y sus criterios de actuación. Las personas de carne y hueso pasan al primer plano porque las grandes estructuras condicionan pero no determinan al ser humano, sino que este también las asimila y las puede hacer cambiar. Y, con un tono más melancólico que nostálgico, se intenta captar la complejidad de la experiencia humana a través de la narración y la fluidez literaria.
El olvido no es ninguna siniestra perversión. Hay un derecho al olvido. Pero en el libro hay memoria y, sobre todo, historia, no mezcladas por cierto en la contradictoria acepción de “memoria histórica”, un oxímoron en toda regla. Por el libro aparecen carlistas que provocan la pérdida del ojo del abuelo, aunque, a pesar de ello, hubiese que aguantar las diatribas de ese abuelo y su inquebrantable fe en la milicia. Comparecen tanto monjas de clausura como curas preconciliares, para los cuales no había existido el Vaticano II, y consideraban inamovible lo definido en Trento. Su ritual recalaba en el Medievo, aunque estuviésemos en la segunda mitad del siglo XX: amenazaban con el fuego eterno y a muchos ya solo les provocaba hilaridad… Asoma algún contrabandista que sabe colarse por las rendijas del Pirineo, que tiene sagacidad y escapa a todos los obstáculos, salvo a la propia naturaleza, como podrá descubrir el lector si se adentra en estas páginas.
De vuelta a la familia, dos hermanos hacen la guerra en bandos distintos y ambos mueren. Ninguno por heridas de arma de fuego, sino consecuencia de tuberculosis, uno, y, el otro, de anemia en un campo de concentración. Claro que también hay fusilados en la tapia del cementerio, a quienes, ya cadáveres, el cierzo les arrastra las boinas por el suelo. Tampoco faltan párrafos donde se relata la camaleónica capacidad de adaptación de algunos “demócratas de toda la vida”, dicho con la máxima ironía.
En “Monte Oscuro” fluye la escritura de modo natural, con una pulcritud extrema, con frases que te obligan a rumiarlas, a masticarlas y a pensarlas, como cuando expresa que “nadie miente cuando ha de mirarse por última vez en el espejo de la vida”, o cuando concluye un epígrafe con la contundente máxima de “cuánto fundamenta un equívoco”. El relato, sólido y sugerente, se construye sobre pasajes breves, cuidadosos hasta el mimo en la narrativa, pero sin perder la perspectiva de conjunto. Ramón Acín, no muy partidario de los compartimentos estancos en literatura, se mueve con destreza en los márgenes fronterizos entre etiquetas genéricas. De hecho, cabe entender “Monte Oscuro” como libro de micro relatos, pero también como novela que mantiene al lector “pro-activo”, gustoso de atar cabos y de vincular episodios, pues sucesos sin aparente conexión están, en realidad, enhebrados, incluso por medio de los títulos que encabezan cada cuento del libro. No se trata de que el lector sea avezado o “sepa” leer entre líneas, no, pero la delectación puede ser mayor si se captan los nexos y si el lector despliega actividad propia…
De Ramón Acín, oscense de Piedrafita de Jaca, cabe subrayar, además de la calidad literaria, su contrastada generosidad: dos bibliotecas en Aragón llevan su nombre, como consecuencia de la cesión de cientos o miles de libros suyos, puestos a disposición pública de pequeños pueblos, a veces en lugares remotos. Generosidad extensible a su entrega, durante más de treinta años, desde 1985, al programa de invitación a la lectura. Es lo más parecido a las Misiones Pedagógicas de la República, ese programa de solidaridad cultural patrocinado y liderado por Bartolomé Cossío, que llevaba a los pueblos cultura y diversión. Frente a lo que había sucedido durante décadas, no iban a pedir nada, sino a enseñar algo y a divertir. Se podrá argumentar que las “misiones pedagógicas” son hoy menos necesarias que hace 80 años. No lo tengo tan claro. Entonces se decía “que vienen los rojos” y hoy sigue aireándose el espantajo del comunismo para atemorizar.
Monte Oscuro” tiene un profundo carácter evocador, sirve para engrasar las memorias, porque cada uno de nosotros tiene una, veinte historias familiares de nuestros padres, de nuestros abuelos, de gente que se quedó en el camino, varados en esas fotografías color sepia. Acín logra darle vuelo al lector y lo invita a pensar más allá del libro. La buena literatura persigue ese fin.
Alberto Sabio Alcutén
Profesor de Historia Contemporánea
Universidad de Zaragoza



viernes, 31 de marzo de 2017

EL TAMAÑO DEL MUNDO por María DUBON


El tamaño del mundo (*) por María Dubón

El tamaño del mundo, novela de Ramón Acín, es una historia de guerras, una historia de vidas, de vidas en la guerra, de guerras que invaden las vidas de las personas y las anegan de dolor y sufrimiento.

Julián es un niño al que su tío Pedro, superviviente de la guerra de Cuba, instruye en el pacifismo: «Las guerras solo las padecen de verdad los pobres, sean soldados o civiles, porque para los jefes militares el hecho de planearlas es un juego y para los políticos que las conciben con anterioridad, una mina para sus fortunas». Julián, nacido en Monte Oscuro, entre montañas y gente endurecida por una realidad difícil, se forjó un carácter independiente y fuerte; amante de la justicia, la dignidad y el trabajo, pretendió encontrar «el lugar en el mundo» que le aconsejaba su tío, pero un destino inflexible tejía planes para todos los que vivieron aquellos años difíciles y crispados en una España que se desmoronaba. El horizonte se tornó negro e incierto.


En Europa, la revolución rusa propuso un amanecer solidario, sin embargo, la Gran Guerra quebraría la ilusión por un futuro fraterno. En España vinieron las huelgas reivindicativas, las conspiraciones de los republicanos, los pistoleros de  uno y otro bando, los movimientos en el ala liberal del ejército, la agitación social, unos gobiernos vacilantes… Y Julián, que había cumplido su aspiración infantil de entrar a formar parte del Cuerpo de Carabineros, tuvo que participar en la contienda que rompió el país. Intentó poner a salvo a su único hijo varón enviándolo a Argentina, intentó hacer lo que su sentido del deber le ordenaba, y comprobó que las advertencias del tío Pedro se volvían ciertas. La guerra, culpable de la desmembración familiar, causará estragos. El destino se vuelve ingobernable y a su merced solo persiste el empeño de seguir viviendo, aunque sea con desaliento y sin fuerzas. Porque Julián está herido por la soledad y la tristeza, su esposa muere y la familia se desgaja. Las armas han impuesto su ley y la sinrazón rige, provocándole un odio profundo a la guerra y a todo cuanto conlleva.

En El tamaño del mundo, Ramón Acín nos invita a reflexionar con asertos cargados de enjundia, presenta a personajes reales como Ángel García Hernández, Francisco Ascaso, Ramón Acín Aquilué y Ramón J. Sender, pues la ficción y la realidad entretejen la trama de una novela vital y emocionada, donde prima el vivir con los demás y en los demás, en una solidaridad imprescindible, la que ayuda a resistir en una tierra adversa como el Sobrarbe.

(*) Artes y Letras (Heraldo de Aragón, 30-III-2017)