viernes, 11 de junio de 2021

Ramón Acín visto por el escritor Félix Teira (Revista Imán)

 

Ramón Acín


por Félix Teira Cubel 

Revista Imán, | Número 24 / Junio 2021,  


Continúa mudo y absorto, con la vista colgada de la imagen de los Pirineos.  Más allá del trenzado de ramajes que conforman los muchos bosques que escalan tiernos por sus laderas hasta el pie de los tascales… Es capaz de adivinar abetales, pinares, hayedos, conjuntos de abedules o, incluso, los acebos aislados en las laderas de su idolatrada cordillera.”


En efecto, Ramón Acín Fanlo nació en 1952 en los Pirineos, en un pueblecito de alta montaña, Piedrafita de Jaca.  El párrafo inicial está entresacado de las decenas de descripciones de la cordillera que impregnan su literatura. Pasó allí la infancia, asombrado por las nevadas invernales, ayudando a veces a las tareas agrícolas y ganaderas de la familia; había que llevar “recado” a los pastores que cuidaban el ganado en el Puerto.  También recorrió diariamente el camino hasta la escuela de Búbal.  Un accidente del padre obligó a vender campos y ganados y bajar la familia a Zaragoza.  El paso de los años aumentaría la trascendencia de esta mudanza y lo convirtió en un miembro más de la generación del éxodo rural.  Si en algún camino encuentras gente con la casa a cuestas, no le hables de su tierra que te mirarán con rabia  —cantó Labordeta—. Con la rabia que produce abandonar lo que se ama.”  Los que perdieron el paraíso perdido infantil, como Llamazares o Moncada, con los que llegaría a trabar amistad, regresan literariamente a sus orígenes.


Sin embargo, Zaragoza le abría las puertas a la cultura.  De crío ya le había fascinado la lectura de Veinte mil leguas de viaje submarino, se lo regaló su padre cuando lo vio contemplar admirado el escaparate de una librería en Jaca.  Con los años se convertiría en un apasionado lector, una condición determinante de su personalidad. Tras los estudios universitarios, consiguió plaza de docente en un instituto, donde intentó contagiar su pasión por la literatura al alumnado. En una entrevista reflexionó sobre su vocación: “La enseñanza es material sensible y hay que vivirla a fondo, con unos anhelos humanos que no exigen otras profesiones.  Enseñar es algo especial, es modelar la mente y la persona.” En su carrera docente accedió a la condición de catedrático de Lengua y Literatura y se doctoró con una tesis sobre Javier Tomeo.


Con el sustrato de sus abundantes lecturas, comenzó a reflexionar sobre el reflejo de la narrativa en la sociedad y publicó las deducciones sociológicas en Narrativa o consumo literario (1990).  Atento siempre a lo que se escribe en Aragón, vería la luz dos años después Los dedos de la mano, donde analiza la obra de cinco aragoneses emergentes: Tomeo, Soledad Puértolas, José María Latorre, Martínez de Pisón y José María Conget. La repercusión de cuatro ensayos literarios aparecidos en la última década de siglo XX proyectan la figura de Ramón Acín fuera de Aragón como un experto en narrativa, lo que le lleva a dictar conferencias y a participar en jurados de premios nacionales.


Contaminado por la literatura, sólo era cuestión de tiempo que abordara la creación. En 1989 apareció Manual de héroes, título irónico porque sus “héroes” son personajes fracasados, una de las constantes en su literatura.  Su actitud ante la narrativa la sintetiza en estas palabras:  “Creo sinceramente que a escribir me impulsan el hecho y la necesidad de conocerme a mí mismo y conocer el entorno que me rodea. Saber del mundo y del tiempo en el que uno vive, en definitiva. Siempre he concebido la escritura como una exigencia de conocimiento y de explicación. Como un arma eficaz que ayuda ante la vida.”A partir de este momento su escritura es torrencial, compaginándola con la docencia y con la participación en múltiples proyectos culturales.  Sucesivamente, en la década de los 90, publicó La vida condenadaLos que están al filo y, en el cambio de siglo, Extraños y La marea.  En esta primera etapa, con ecos de Kafka y de Tomeo, los protagonistas son seres solitarios, zarandeados por sus obsesiones.  Un personaje paradigmático de esta etapa será el hombre-pájaro  encaramado a una ventana que protagoniza el relato “Cadáver exquisito en una tarde de lluvia”.


Autor prolífico, dio a la imprenta en 2004 Cinco mujeres en la vida de un hombre, donde su narrativa evoluciona, más luminosa e irónica, y da paso a la obra de madurez.  En este breve espacio resultan inabarcables los más de treinta títulos impresos, por eso centramos el foco en una obra señera que condensa el mundo literario de Acín Fanlo: Siempre quedará París, de 2005. En esta novela vigorosa, de aliento épico, aparecen las tres constantes de su literatura:  la huella de la guerra civil, el paisaje pirenaico y la dignidad de los derrotados. En forzada síntesis, la novela narra la peripecia vital de Villacampa, a la que se añaden las de sus amigos y familias.  Tras la derrota de 1939 el protagonista se exilia a Francia, participa en el maquis francés contra los alemanes y regresa como guerrillero a España, confiando en derrocar a la dictadura, donde sufrirá el quebranto de la segunda derrota.


Decíamos que uno de los ejes de la literatura de Acín es la guerra civil, que partió Aragón en dos, cuyas huellas en trincheras y cunetas cicatrizan el paisaje.  El tema supone una fecunda obsesión para el autor:  Creo que la guerra civil es un período clave en nuestra historia, un periodo que debe cerrarse, que es necesario cerrar bien mediante la explicación de lo sucedido y también creo que la literatura, con su aparente distancia, es un buen medio para hacerlo. Por eso, acudo a ese tiempo, a esos espacios y a esos sucesos, porque explican muy bien la condición humana que, en el fondo, es lo único que, de verdad, mueve la vida y  la hechura de la literatura. Debemos, por tanto, mantener despierta la memoria, indagando causas y consecuencias de la tragedia bélica, para evitar un nuevo tropiezo.”  No solo aborda la contienda en esta novela, la temática reaparece, bien sea como eco de fondo o tema central, en otros libros de relatos, como en Hermanos de sangre.


Ya insinuamos que el paisaje pirenaico, su mudanza, etnografía o problemática, subyace en la narrativa de Ramón Acín, que afirma: “Soy de los que piensan que la tierra y el paisaje marcan tu biografía. La cerrazón o abertura de un paisaje, sin duda para mí, incide en la forma de actuar, de pensar, de comportarse. De ahí el continuo retorno y que no haya valle ni rincón de los altivos Pirineos que no haya venteado.”  En la novela que analizamos el paisaje abrupto, durísimo en invierno, parece modelar  la reciedumbre del carácter de los protagonistas, que atraviesan la cresta fronteriza varias veces, bien como exiliados o como ingenuos invasores.  Por  supuesto no es esta la única obra que el paisaje es un protagonista en la sombra:  ya le había dedicado un libro íntimo en 1995, Aunque de nada sirva.


El tercer eje, que en Siempre quedará París se manifiesta con pujanza, es un atractivo por los perdedores, que lo emparenta con Juan Marsé.  Apenas encontramos triunfadores en la literatura de Acín, lo que no quiere decir que los personajes no tengan atractivo.  Villacampa, el guerrillero siempre derrotado, es un individuo íntegro, leal a sus principios y a sus amigos, como Montalé y Montes.  Al final sacrifica su vida personal para ayudar a la mujer e hijo de su amigo muerto.  Acaso más veraces aun, por su sufrimiento callado, son las mujeres:  la abnegación y tenacidad de Luisa y Elvira son irreductibles.


Tan solo un par de apuntes sobre la estructura de esta novela, que se repite en otras del autor.  La obra comienza cuando el hijo de Elvira cierra la puerta de la casona, echa una mirada a las tumbas de la familia alineadas bajo el viejo roble y se va definitivamente.  A partir de ahí se reconstruye la vida de cada uno de los que yacen enterrados.  Esta analepsis se va a reiterar en otras obras, como en Muerde el silencio (de nuevo un valle pirenaico alterado por la construcción de un pantano).  En este caso, en el tañido de la campana llamando al entierro de José, hay una resonancia de Sender:  Mosén Millán espera para celebrar el funeral de Paco. La misma técnica de flashback se utiliza en Extraños o en Cinco mujeres. Por último, el autor acierta con los comienzos fulgurantes: la novela se inicia cuando el hijo de Elvira, una vez cerrada la casa, le descerraja un tiro al perro de la familia para no dejarlo abandonado.  En Muerde el silencio Angelina, apenas adolescente, observa las ropas teñidas de negro: va a vestirse de luto riguroso para el entierro de su abuelo mientras oye el tañido de la campana.


No podemos olvidar la faceta de Acín Fanlo como agitador cultural y difusor de creaciones literarias, opción que compaginó con la docencia sin dejar la escritura, pues también se internó en la literatura juvenil con cuatro volúmenes, dando forma literaria a las historias que les contaba a sus hijos.  Autor polifacético e inquieto, estudió y prologó a autores tan diversos como Miguel Mihura, Martínez de Pisón, R.L. Stevenson o Jean Genet, además del conocimiento exhaustivo de la obra de Javier Tomeo.


Un proyecto puntero fue la codirección con Javier Barreiro de la revista El Bosque, necesaria en tiempos democráticos para para dar voz a los movimientos culturales y artísticos que se fraguaban en Aragón, además de reflejar las innovaciones de fuera.  Con los dos directores colaboró activamente Fernando Sanmartín y realizó una maquetación sugerente José Luis Acín.  Se publicaron doce números entre 1992 y 1996, con la participación de firmas solventes en cada uno de los apartados. La revista llenaba un hueco cultural, recogía la fiebre creativa del momento y estimulaba los movimientos emergentes. Para comprender el soplo de aire fresco y renovador de la revista, así como la ambición del proyecto, basta con citar algunas de las secciones fijas: se trataba la poesía, con ilustraciones de pintores, la narrativa, con entrevistas a autores, el ensayo literario, la música, el cine, la antropología, la investigación…  La revista estaba respaldada por el patrocinio público de dos diputaciones, siempre sometidas al vaivén de los resultados electorales, y se cerró en 1996.  Queda la estela de los doce números publicados y la búsqueda por parte de los aficionados de sus célebres separatas.


Para comprender la figura de Acín como fermento cultural hay que seguir su labor de crítico. Colaboró en QuimeraEl Urogallo,  Cuadernos HispanamericanosLeerDiario 16Revista de LibrosHeraldo de Aragón…   Además dirigió la colección “Alba Joven”, de la editorial Alba,   “Las tres Sorores” de la editorial Prames y la colección “Crónicas del Alba” del Gobierno de Aragón.


Esta dedicación, que siempre giró en el torbellino de la literatura, le proporcionó a Ramón Acín un conocimiento de primera mano de la narrativa en España que quiso trasmitir a sus alumnos.  Ansioso de que la lectura fuera elemento primordial en las clases de lengua, ideó una forma de acercar la obra a los adolescentes: la presencia del autor en el aula podía ser motivadora, generaba expectativas y posibilitaba el contraste de las opiniones del lector con el autor. Esta experiencia didáctica la ensayó Acín en su centró invitando a autores que participaban voluntariamente. Los resultados fueron satisfactorios y la propuesta se extendió a otros institutos.  Fue el germen del programa Invitación a la lectura, aparecido a mediados de los ochenta.  El potencial de la experiencia se acrecentó con el apoyo de la Dirección Provincial del MEC de Zaragoza, La Dirección General del Libro y finalmente con la asunción de esta iniciativa transformadora por el Gobierno de Aragón.  Durante más de veinte años centenares de escritores, a los que se añadirían dramaturgos, cineastas, cantautores y periodistas, recorrerían los rincones de Aragón poniendo en contacto a varias generaciones de adolescentes con lo más granado del mundo literario. Todas las firmas señeras en el panorama nacional y numerosos extranjeros (Pérez Reverte, Javier Marías, Cercas, Llamazares, Saramago, Fernán Gómez, García Montero, David Trueba, José Luis Sampedro, Fernando Savater, Günter Grass, Martínez de Pisón…) participaron en el programa, junto con autores aragoneses, a los que se prestó especial atención. Tal fue el éxito de esta experiencia pionera que fue copiada en varias comunidades.  También proyectó una imagen novedosa de Aragón en el resto de España.  Además de la organización y logística, la experiencia no hubiera triunfado sin la participación entusiasta de al menos quinientos profesores a lo largo del tiempo. Hoy día se contempla una eclosión literaria en Aragón, tanto de la novela histórica, el ensayo, la novela en general y la literatura infantil y juvenil; no sería aventurado suponer que esta floración se gestó en las décadas anteriores, cuando Invitación a la lectura supuso una efervescencia lectora. Sin motivos aparentes, tampoco económicos, pues muchos autores bajaban su caché por participar en un programa de prestigio, el programa fue suprimido.  Preguntado Ramón Acín por la experiencia respondió: Una locura literaria compartida por medio millar de profesores, otros tantos escritores a la busca y captura de los lectores jóvenes para saber de la vida, conocerse y ser más libres. Una locura de muchos para muchos que alguien, sin más, mandó a la basura desde un despacho.”


Convivir con un escritor fecundo, siempre embarcado en proyectos, no debe ser fácil.  Quizá sea difícil convivir con cualquier escritora o escritor, pues están más atentos al mundo de los sueños que a la realidad.  Pero, como cantaba Serrat en Tío Alberto: qué suerte que tienes “cochino” de hallar una compañera para andar el camino. Y no sólo el camino, sino una compañera para los viajes. Su último libro trata de lugares que han visitado, Un andar que no cesa(2020), donde reflexiona siguiendo la máxima de Proust: “Viajar no es cambiar de paisaje, es cambiar de mirada.” Tras el prólogo de Llamazares, nos da su visión de Sicilia, Véneto, Bruselas, medita sobre los cementerios de Normandía y regresa a sus lugares de siempre, pueblos abandonados para finalmente patear la ruta de Goya.


Probablemente Ramón Acín os dirá que ahora no está escribiendo.  No lo creáis, lleva la literatura en vena, se ha convertido para él en una manera de estar en el mundo. Además, en una entrevista aseguró que: a escribir me impulsan el hecho y la necesidad de conocerme a mí mismo.”  Y uno nunca termina de conocerse.  Desde aquí, larga vida.

F. Teira Cubel.


lunes, 11 de mayo de 2020

UN ANDAR QUE NO CESA por J. Ruiz

Impresiones viajeras


Viajar es trasladarse. Pero viajar no significa siempre desplazarse. Eso lo saben todos los grandes lectores. El viaje empieza también en una biblioteca, en una librería o en la estantería del salón de una casa. Los libros, como los viajes, son una experiencia que nos conecta con todo. Encontramos en su seno esa suerte de acudir a sus páginas, a los atlas, a los textos que, de cerca o de lejos, contribuyen al planteamiento, a la realización y a la singularidad de elegir un destino. Todos los rincones de una buena biblioteca ofrecen la posibilidad de conducirnos a un sitio predilecto o a un lugar insólito, a una aventura. Toda lectura actúa como rito iniciático. Por eso, todo libro de viajes vela y desvela una reminiscencia.

Uno mismo, nos dice Michel Onfray, es el gran asunto del viaje. Y hemos de dar crédito a esa afirmación y tenerla muy en cuenta puesto que cualquier trayecto viajero coincide siempre, en secreto, con búsquedas iniciáticas que ponen en juego la propia identidad. El viaje supone una experimentación sobre uno mismo. A su vez, viajar es un desafío que conduce inexorablemente hacia la propia subjetividad. En cada periplo, al igual que en cada lectura, uno acaba siempre por encontrarse frente a sí mismo. Tanto viajar, como leer, son siempre un trayecto, y no es casual que los libros tengan esa forma de maleta que hablaba el escritor ruso Dovlátov.

Julio Llamazares en el prólogo de Un andar que no cesa (Fórcola2020), el nuevo libro del escritor y crítico literario Ramón Acín (Piedrafita de Jaca, Huesca, 1952) comparte esa manera de entender el sentido de viajar y su correlación con la lectura ciñiéndose a las palabras que el propio autor expresa en sus notas de viaje: “viajar es ante todo encontrar y encontrarse, informarse, cartografíar, absorber, meditar, comprender y contar”. Añade Llamazares que Acín, como gran viajero “que lee y viaja a la vez”, también ha hecho de los libros su principal baluarte, instrumento y guía de conocimiento del mundo.

En Un andar que no cesa se edifica un tránsito viajero, una autobiografía, desde el cimiento de contar la experiencia de un escritor que reúne un conjunto de textos para conformar un relato propio en el que se impone el sentido de reflejar un crónica donde verter los asombros encontrados por los lugares visitados en sus diferentes expediciones viajeras. La vida del viajero, se deduce del texto, consiste precisamente en ese paso del tiempo experimentado, en el cambio, en la alteración que provoca todo trayecto. Lo que hay en este libro no es solo una historia personal, sino, además, un reflejo del significado de lo que decía Paul Theroux y que dentro del mismo se cita: “El viaje sólo tiene glamour cuando se lo mira con retrospectiva”.

En esa retrospectiva se hace notar la mayoría de los destinos que transcurren por el libro, cada uno con su tono pasional y revelador. Todos ellos, con inusitado interés e impacto personal, quedan descritos en un extenso vagar por Sicilia, Egipto, Bélgica o Normandía. También aparecen otros emplazamientos vívidos del interior de España, marcados por la Guerra Civil, así como un relato paisajístico y minucioso de la obra artística de Goya por Aragón. En otro capítulo, el autor toca la memoria y huellas de los libros para fijar su mirada en el paisaje y sus mil caras. Pero en todo su periplo, lo que trasciende de la lectura es, sobre todo, un sentir explícito que el autor esclarece por medio de una de sus frases más felices: “Si la vida es viajar, los viajes son su aliento”.

Para Ramón Acín, viajar es dialogar con uno mismo ante espacios, gente, lugares y la propia historia. Este es un libro que se deja leer gratamente porque contiene esa salsa picante que tanto gusta al lector curioso de redescubrir ciudades, detalles históricos y, al propio tiempo, perspectivas particulares, a través de la mirada e impresiones de alguien propenso al asombro. Es la voz del viajero quien propone andar con los ojos bien abiertos, y lo hace con las palabras justas y necesarias para acompañarlo en sus hallazgos por los distintos emplazamientos y recorridos que aquí se hacen notar.

La literatura siempre es una cuestión de punto de vista. Por eso todos los libros tienen su peripecia y su historia que contar. Pero la de este, además, no deja de ser especial y recóndita. Aquí sobresale la crónica sentimental y, también, la conciencia histórica para constatar que el pasado tiene voz y significados. El autor del libro recuerda ese aspecto en sus andanzas como viajero para rastrear el pasado y prestar atención a las historias de los viejos habitantes de cada lugar, además de disfrutar del encanto de lo que se conserva y permanece en el mismo.


Un andar que no cesa recoge ese cómputo de significados y ese espíritu de discernir lo que todo viaje, como la vida, propone: enfrentarse a lo desconocido, conocerlo y comprenderlo a la vez que ensanchar la experiencia personal de quien lo acomete. Ramón Acín firma un cuaderno de viajes fecundo y perspicaz, con el propósito de contarnos una travesía personal emotiva por los paisajes y el tiempo, un libro hecho de nombres, impresiones, vislumbres y memoria. Y nos viene bien, más aún, en un momento como este en el que evadirnos es justo lo que más necesitamos.

UN ANDAR QUE NO CESA, por Ricardo Llodosa

Ramón Acín Fanlo, caminar con los pies y la imaginación

Ricardo Llodosa.*

En el bello prólogo que antecede a ‘Un andar que no cesa’, Julio Llamazares afirma que viajar a través de los libros nos procura las mismas o parecidas emociones que el viaje de verdad, pero sin las inconveniencias de éste. “Viajar es ante todo encontrar y encontrarse” –afirma el escritor leonés-. Y esa es, precisamente, la sensación que nos queda tras leer la última obra de Ramón Acín. Yo, que he tenido el placer de conocerlo, encuentro en el libro la misma placidez, la misma hospitalidad que experimento al hablar con el autor. No me cuesta nada convertirme en el protagonista del relato, cual si de novela se tratara, y caminar con él por Sicilia, El Véneto, Bélgica, Egipto, Normandía y Aragón sin las molestias del camino.
El andar de Acín es detallista, como demuestra desde el primero de sus recorridos por cada rincón de Sicilia, acompañado de los libros de autores locales como Federico da Roberto, Giovanni Verga o Elio Vittorini, con cuyas páginas se identifica “cuando siente la embriaguez del comienzo de ese viaje a lo desconocido, cuando se conmociona ante lo observado durante el viaje o por la melancolía ante su fin”.

En El Véneto, contempla el lago de Garda desde Sirmione cuando se ha levantado la neblina y pasan los transbordadores, con las moles nevadas de los Alpes en la lejanía, y con el verdor de las viñas que escalan las laderas de los montes. Más tarde vendrán Verona, Vicenza; Padua, en cuya capilla Scrovegni puede admirar la Vida de Jesús de Giotto. Hasta llegar a la inefable Venecia, la Venecia de las mil caras, donde se acuerda del ‘Otelo’ de Shakespeare; del Casanova cinematográfico de Lars Von Trier o de ‘Muerte en Venecia’ de Visconti. Todo en las páginas de este capítulo es un festival de los sentidos.Frente a la pax veneciana, la inseguridad se adueña del viajero al llegar a otra cultura que le transmite una sensación de temor al penetrar en África a través de Egipto. Al orientalismo hedonista del pasado, se contrapone la realidad actual de la miseria o el terrorismo islamista, que inquieta a quienes viajan a la orilla del Nilo. Pero la inquietud apenas dura, pues Acín se adentra en El Cairo, ciudad de veinte millones de almas, y olvida todos sus prejuicios.
A continuación, comienza la segunda parte de la obra, donde se da cuenta de periplos en busca de escenarios bélicos: esos lugares hoy vacíos que, en sus silencios, conservan los ecos de la tragedia, siendo el primero el camino entre Santa Elena y el puerto de Monrepós en la provincia de Huesca. Mientras recorre el camino, Ramón Acín va recordando en medio del silencio a los protagonistas de la Guerra Civil Española, también los luctuosos hechos ligados a tantos lugares que ya no existen. Es un proceso de reconstruir a través de la memoria y un trabajo minucioso de documentación que despliega igualmente en el segundo capítulo de esta parte dedicado a Normandía en la Segunda Guerra Mundial.
Coincido con el prologuista en que quizá la parte más personal y poética del libro sea la que sigue: ‘Ciudades de papel’, un viaje por los pueblos deshabitados: pueblos amortados, como se les llama en Aragón, cuyos cementerios, con lápidas levantadas y devoradas por las hierbas, recorre el viajero sin alardes románticos, metaforizando el abandono del medio rural, cuyo reverso literario analiza a través de las obras de coetáneos como Julio Llamazares, Jesús Moncada o José Giménez Corbatón, en cuyas novelas y cuentos se refleja magistralmente el fenómeno de la despoblación del mundo rural de los montes de León, el PirineoMequinenza o el Maestrazgo.
Sigue el andar de Ramón Acín por los lugares de Aragón vinculados a Goya, itinerario que me resulta especialmente atractivo por lo inagotable del personaje y por la metaforización del paisaje que obra el escritor, descubriendo al pintor en enclaves deshabitados, en lugares por los que a nadie se le ocurriría pasar de los alrededores de Zaragoza, de la propia Zaragoza o del camino hacia Madrid. La voz de Acín logra singularizar esos lugares y dotarlos de un atractivo ignoto.
No podía faltar, como colofón a este andar que no cesa, la comarca del Somontano que tanto ama y tan bien conoce el autor. El recorrido geográfico, humano y literario por lugares como Barbastro y Alquézar destila tanta pasión como el de las rutas goyescas. Hasta tal punto que, contrariando a Julio Llamazares, antes que seguir leyendo, uno termina por desear los inconvenientes del viaje real y partir rumbo al Somontano, a Monrepós, a Fuendetodos y a tantos otros lugares siguiendo los pasos de Ramón Acín.

Un andar que no cesa’. Ramón Acín. Prólogo de Julio Llamazares. Fórcola ediciones. Madrid, 2020. 307 páginas.
*Ricardo Lladosa es crítico literario y escritor. Ha publicado ‘Madagascar’ y ‘Un amor de Redon

lunes, 3 de febrero de 2020

A LO LARGO DE LA VIDA (revista "El pollo urbano"),

Ramón Acín: A lo largo de la vida…

Por Jesús Soria Caro.
        En la presentación del libro Alfredo Saldaña hablaba de relatos de gran potencia metafórica.
    Así es, muchos de los personajes son símbolos, metáforas de lo arquetípico de una soledad y un vacío que hay en muchas vidas: momentos de olvido, de soledad forzada o buscada, de refugiarnos en esta para buscar el reencuentro con lo que fue, algo que es como la llama que alimenta la vida que pasó; salvándonos del invierno y del desierto helado de lo que queda. La soledad como viaje al conocimiento en el que buscar las repuestas a quienes fuimos o creímos ser, para saber mejor así quiénes podemos ser. En definitiva, mucho de lo experimentado por los personajes que aparecen en estos relatos pasa a ser la metonimia del tiempo y sus recodos de silencio, en los que solos ante nosotros nos enfrentamos a preguntas que muchas veces no tienen respuestas, pero que configuran nuestro ser.
     Ramón Acín aquel día en abril invitó a sus lectores a la soledad como enseñanza ante la multitud, ante la muchedumbre de ti mismo. A saber que hay una “verdad” literaria en la que la realidad nutre a la ficción o viceversa. Aunque tal vez, como afirmara Berkeley, somos el sueño de un dios o de un infinito que nos imagina y de ahí que la ficción sueñe nuestra realidad. Así, aquella tarde, casi a modo de confidencia o de narración, ante el fuego de las grandes narraciones orales, terminó confesando que hay realidad, experiencia, lecturas de prensa y sueños de nosotros mismos. Mostrándonos a todos como personajes del tiempo o de la historia, la intrahistoria unamuniana que recorre estas “ficciones” de todos, siempre sucedidas a lo largo de la vida
   En “La acurrucadita” se aborda el abandono, la marginación de quien enfermó en el colegio. No se hace explícita la causa de su marginación, tal vez por una enfermedad mental, por acoso, o puede que por una conexión entre ambos motivos. Fuera el motivo que fuese, su “dolencia” ocasionó que sufriera el abandono porque quienes eran más cercanos a ella:
     La enfermedad se apropió de su cabeza y comenzó a hacerse invisible. Incluso, en su misma familia, corrieron esa cortina cruel de la indiferencia que lleva al olvido primero, y al abandono, después. Y, en su caso, además, a una increíble crueldad” (Acín, 2019: 13).
        Su dolor, la incomprensión, la convirtieron en “un objeto anodino. Como cualquier otro paisaje de la Serranía. Formó parte de la vista general de la villa porque el hastío del día a día la convirtió en invisible. (Acín, 2019: 14). El narrador alude a lo que le contó su hermano, que vivió de forma directa aquellos acontecimientos. Recogiendo el testimonio de la crueldad que muchos otros niños tuvieron con ella: “sé de buena tinta que él, como casi todos los muchachos de aquellos días, fue uno de los protagonistas. Protagonistas de la maldad. Cuando se es niño muchas cosas se hacen por imitación”. (Acín, 2019: 14).
     “Miliciano Frankestein” es la historia de alguien que tras una explosión sufre una deformación de su rostro y desde ese momento su única forma de vida es formar parte de un circo. Realmente lo deforme es la sociedad de deja de ver al ser humano y solo ve la malformación de su cara. Su experiencia pasa a ser noticia. Tanto interesa lo escabroso del relato que el periodista prima el sensacionalismo, olvidando su dolor y las carencias como ser que ha sufrido, sus cicatrices. Al escribir su vida le borra la identidad, se centra más en su apariencia externa, lo que difuma su pasado, elimina la verdad de quién es y quien fue:
      Los relativos a su verdadera identidad, que apenas mencionaban su verdadero nombre, el Silvano de pila. Muy al contrario, hurgaban complacidos, con especial ahínco, en los varios alias que, a lo largo de su existencia, el Largo se vio obligado a aceptar (…) En las respuestas del Largo es notorio que, una vez arrancada su persona de su primigenio nombre, le duelen sobremanera las sucesivas reencarnaciones en Frankestein. Quizá porque con ello sabe que la apariencia se impone a la verdad y que la superficialidad de la imagen hace desaparecer el poso de tu existencia previa. (Acín, 2019: 25).
    Antes de toda su tragedia existió un pasado ideal, en el que luchaba en el frente por sus convicciones políticas. Es hermosa la fuerza narrativa de los recuerdos, en los que se relata su historia antes de que la explosión marcara su transfiguración física. Se hace desde una conciencia del presente, que desde el dolor de haber perdido quién fue, recuerda quien pudo ser:
     Una Barcelona en la que él, junto a los suyos, mosquetón en mano, había ayudado a limpiar la inmundicia fascista de las calles. Le daba igual estar en la trinchera pelando la guardia que en el camastro esperando unos sueños que nunca iban a llegar. (Acín, 2019: 24).
     La verdad, la post-verdad, la perspectiva interesada, la manipulación de las masas, el efectismo de lo que parece expresionismo vital de lo vivido. Todo menos lo que el ser humano que sufre esa experiencia quisiera expresar, importa más como decía MCLuhan el medio porque este construye la interpertación del mensaje, aquí el medio es el espectáculo que importa más que la verdad:
       El periodista, llevado de su perversidad profesional o por ese tributo debido al actual dios del pragmatismo, busca lo que busca. Encanallarse no le importa. Esta visto que, ante todo, quiere seducir al lector con su reportaje. Le da igual la frivolidad, la falsa verdad, el artilugio o el decorado. (Acín, 2019: 33).
      Así, con la poesía de quien huye de lo que la historia no pudo ser y debió ser, su soledad intenta alcanzar un camino diferente al que fijó su aciago destino, intenta salir de la pesadilla de la historia, lo que es una hermosa personificación. Hay que destacar que a lo largo de la novela hay un diestro uso del lenguaje poético, una orfebrería lírica al servicio de la profundidad de la emotividad en lo narrado: “La soledad del Largo busca salir de la pesadilla de la historia”. (Acín, 2019: 35).
    En “Tuvieron su hora”, en un valle abandonado, se recuerda como todos los que habitaron ese lugar fueron despareciendo. Hay algo que tiene el sabor del color del silencio que caía como gotas del pasado perdido en La lluvia amarilla de Julio Llamazares. Es un homenaje a la vida que quedó en el ayer, a los fantasmas del tiempo que habitan un presente en las ruinas: “porque la suya fue una lucha encarnizada y eterna desde el momento en que todos se fueron. Entre fantasmas y recuerdos. A vueltas con sueños y delirios. En medio de sombras y silencios “  (Acín, 2019: 37).
     “El único superviviente”, nos presenta a un narrador que ha enterrado a todos y al contarnos su vida está enterrando su memoria, ya que nadie va ya a poder contar su vida como último habitante de la villa. Por eso ha cincelado su lápida para que quede constancia de que él también reposará allí junto a todos los que están con él en sus recuerdos:
    Él lee una y otra vez, en voz alta, todas las lápidas. Porque al hacerlo, se acuerda, uno por uno, de todos ellos y siente su compañía. Los siente vivos, al igual que cuando estuvieron a su lado. Esto lo escribe con rotundidad, aislando la frase del resto del párrafo. (Acín, 2019: 42).
   Hay una poética descripción final en la que deja de ser y poco a poco queda cosido a ese no-tiempo del que todos forman parte en la desaparición de quienes habitaron aquel lugar:
     “El corazón de la montaña se había posesionado de mí y sus raíces, bajo mi piel, arraigaban en lo más hondo, impidiendo que mis piernas alcanzasen un movimiento liberador. Me sentí cosido a un tiempo del que, además, me resultaba imposible escapar” (Acín, 2019: 51).
     “Viaje a ninguna parte” es un homenaje a la tradición clásica del viaje exterior que es también interior. Hay algo también del Road movie del cine moderno en el sentido de la huida fuera del vacío, fuga a ninguna parte, al todo del silencio de su yo, al destino de escapar fuera del dolor:
     Tan solo deseaba convertirse, por unos días, en viajero. Solo eso, un personaje anónimo y solitario, sin más finalidad que la del sudor y cansancio de la etapa. Y, entretanto, ver qué pasaba durante el camino. No por todo lo azaroso que pudiera salirle al encuentro, sino por el deseo de posibles cambios en su persona.  Cambios que creía necesarios para enfrentarse al vacío que lo perforaba cada mañana (Acín, 2019: 60).
     “Despojos, momias y demás ralea” nos habla de un joven enigmático, sin pasado, que ha contado a sus amigos cómo ha sido encontrada la momia de su abuelo, este llevaba quince años muerto y había mantenido una relación con una noble francesa que lo hizo millonario. Su relato, que fue hecho años atrás, ahora es recuperado por el narrador que lo escuchó a su  misterioso amigo. Lo hace así tiempo después, cuando ve que aparece en la prensa francesa. Tras su fallecimiento todos los vecinos actuaron como si no hubiera existido, no lo consideraban parte de su vida, su realidad. Su historia es la de un artista que había estado en un campo de concentración. Ante esta marginación, su sobrino subrayaba la xenofobia como causa de su olvido. Todo es un misterio, como en Ciudadano Kane, la información y un secreto insondable recubre todo lo contado. En el artículo se alude al abandono social e institucional, ya que ni los bancos atendieron la falta de movimientos bancarios en años, hacienda hipotecó la vivienda sin mandar a nadie para comprobar si estaba habitada… Es un misterio cómo llegó a lo más alto, se desconoce por qué aquella mujer casi en su lecho de muerte se desposó con él, por qué estuvo 15 años muerto como una momia y olvidado, qué pasó también con el padre de Ramón que murió en extrañas circunstancias, y al final por qué Ramón despareció y qué es de él. Lo más curioso es que en Santander, su ciudad natal no hay documentos de su nacimiento, es cómo si la historia también lo hubiera olvidado:
    Una momia de quien nadie da razón ni en Lille ni en Santader -como afirma Ariane Chemin-, la ciudad española donde este nació. El ayuntamiento de Santander, a requerimiento de la Administración de Lille, afirma no tener constancia de tal individuo ni de su familia y justifica la ausencia de datos, bien con los sucesos bélicos de la Guerra Civil española, bien con el espeluznante episodio posterior sufrido por la ciudad con el incendio que la asoló. (¿1948? (Acín 2019:  93).
   “De la edad madura en vía muerta” es la historia de un ferroviario que lleva años, en la misma curva de una estación, viendo pasar la llegada y salida del viaje vital de los otros. Es una curva peligrosa, al igual que lo son algunos giros inesperados en el futuro. Siempre en el mismo sitio, solo, viendo mudar la piel del tiempo y del paisaje con el paso de las estaciones. Vigilando el paso de nivel más peligroso de la línea de ferrocarril:
     Porque, aunque nadie lo crea, trabajó la vida entera en la misma línea y sus ojos, durante todos estos años, solo estuvieron acomodados a un mismo paisaje. Sin otras variaciones que las que destilan las previsibles mudanzas de las épocas del año. (Acín, 2019: 100).
    Su vida parada, detenida, sin viajar a ningún destino, contrastaba con lo que veía dentro del tren del tiempo en el que él nunca entraba, porque parecía residir fuera de este. Así al mirar por la ventana del tren, desde su posición externa, veía a quienes viajaban a la vida, a su futuro, mientras que él,  siempre solo se quedaba en tierra:
      Pasajeros que, después, con una angustia que no sabía de dónde procedía le hacían meditar sobre su vida y sobre la vida. A veces, después de entrever, tras los cristales, aquellos rostros fugaces, indagaba inútilmente sobre sus sinsabores o sus alegrías. Una mueca o una sonrisa, siempre efímeros, destapaban la grata caja de Pandora donde la reflexión actuaba de bálsamo. Pero, en otras ocasiones, la imaginación se le disparaba desbocada entreviendo todo cuanto él tenía vedado y que, sin duda, no lograría disfrutar nunca. (Acín, 2019: 102).
    La vía de tren varada, ya que el paso de los años inhabilitó el trayecto que cuidaba, es una metáfora de su experiencia vital; existencia parada que veía la de los otros moverse, existir. Cuando esta fue cerrada, su vida que era un correlato de esta, quedó en la misma abulia y ausencia de acontecimientos, aunque estos, eso sí, siempre fueran ajenos y no propios:
    Ahora, a sus noventa y cuatro años, permanece varado. Varado pero todavía vivo, dice. Quizá igual de varado y de vivo que el resto de los años de su vida. Varado en sus recuerdos. Navegando por ellos. A brazo partido y, al mismo tiempo, a contracorriente. Pero, pese a ese esfuerzo y a la forzada quietud, los recuerdos continúan bulliciosos, poblando su memoria de voces y ruidos, de silencios y reflexiones (Acín, 2019: 103).
    Cada micro-biografía literaria que aquí se presenta, decimos bien” biografía” porque esos seres son casi reales, no solo en la medida en que lo narrado respeta el pacto de la verosimilitud, sino porque remueven en nuestro yo profundo ideas que han formado parte de nosotros a lo largo de la vida. Nos permiten subir al escenario de nuestra realidad y recuperar del dramatismo del pasado algo que fue hermoso y que la mirada de lectores consumada desde lo vivido por estos personajes nos permite vislumbrar algo de lo que tal vez fuimos. También es posible que en las sombras de la realidad la ficción ilumine en la caverna de nuestro tiempo a aquellos otros yoes que pudimos ser, o  haya mostrado algo de ellos que queda aún en nosotros. Siendo así esta escritura, para nosotros lectura, la posibilidad de conocer no al que fuimos, sino al que pudimos o podemos llegar a ser, viendo así en estos relatos el retrato de otros mundos posibles que pudimos haber vivido. Lo sentido en lo leído nos acerca a esa posibilidad…

BIBLIOGRAFÍA:
Acín, Ramón (2019): A lo largo de la vida, Mira, Zaragoza