viernes, 1 de mayo de 2009
LECTURA, CULTURA Y MERCADO
Ramón Acín nos muestra su certera visión del mundo de la cultura y de la literatura en “Cuando es larga la sombra” (Mira, Zaragoza, 2009; 146 páginas),, y el panorama que describe resulta descorazonador: la cultura ha pasado a ser un producto más de la sociedad de mercado, el lector es mero consumidor, no existe canon artístico, el libro ha perdido su papel hegemónico frente a las nuevas tecnologías, la novela actual es un ejercicio de autoanálisis que rinde pleitesía al yo, el escritor es un obrero de la pluma, la función del crítico ha desaparecido, las editoriales venden sus artefactos a golpe de publicidad… Acín desarrolla éstas y otras cuestiones y “Cuando es larga la sombra” se convierte en un soberbio ensayo que analiza de forma ágil, amena y didáctica los problemas que aquejan a nuestra literatura. Es una crítica feroz a la cultura de mercado, un texto que defiende la Literatura.
La cultura se ha democratizado y esto, “per se” no es malo, aunque tampoco puede afirmarse que sea bueno. Hay que ofrecer productos que lleguen a una amplia diversidad de personas, por eso la cultura ha rebajado su nivel con el fin de resultar accesible para la mayoría: un público sin demasiado criterio y poco exigente que se conforma con lo que le echan. La cultura ha dejado de tener una función formativa, se mueve por intereses puramente comerciales y busca, ante todo, ser económicamente rentable. Una buena novela es una novela que se vende por millares, es la más comprada, al margen de su calidad literaria, desdeñando su contenido y, a falta de un canon literario, cualquier texto puede obtener el calificativo de literario. También el crítico se ha adaptado a los nuevos tiempos, el juez justo que ilumina al lector con su verdad se ha convertido en un simple comentarista al servicio de la propaganda, no de la literatura.
Un literato no es la persona que escribe bien, con mayor o menor grado de excelencia. El escritor actual se valora más por su fama, por su éxito y por su capacidad de generar ventas, que por su habilidad al provocar emociones o suscitar reflexiones. La cantidad de obras vendidas se equipara al valor literario. “tanto vendes, tanto vales”, es la máxima que se aplica al autor, de manera que vender, y no escribir, es el objetivo. La obra, ante todo, ha de ser rentable porque las editoriales son parte de grupos económicos que dedican sus esfuerzos a obtener beneficios, que manejan el mercado, crean cultura, influyen en ella, venden productos y realzan el valor de los mismos con su prestigio.
Y llegamos a la última pieza del engranaje, al lector. En las escuelas no se enseña a leer. Leer es algo más que interpretar signos, requiere capacidad de abstracción, juicio analítico, comprensión del texto, y en las aulas no se fomenta este tipo de lectura. Leer no es una tarea escolar más. Leer es gozar de una actividad íntima y placentera, es abrir la mente para contemplar el panorama que el libro nos muestra, es aprender, sentir, pensar… Y la mayoría de nuestros estudiantes no saben leer de esta manera. Buena parte de los lectores escoge libros que le diviertan, que le alejen de la rutina cotidiana, las editoriales lo saben, los escritores lo saben y así la “literatura” se llena de obras endebles, de palabrería vana que no ahonda en ninguna cuestión. Porque la reflexión, la maduración de una idea, requiere tiempo. Ramón Acín no vislumbra un final feliz.
María Dubón.
"Artes y Letras", nº 258 (30-IV-2009).
HERALDO DE ARAGON.
martes, 28 de abril de 2009
A propósito de "Cuando es larga la sombra"
Ricardo Morant , profesor Facultat de Filología. Universidad de Valencia
viernes, 3 de abril de 2009
CUANDO ES LARGA LA SOMBRA
Arte o producto
Ramón Acín reflexiona sobre los nuevos lenguajes literarios en ´Cuando es larga la sombra´.
Ese narrador de ficciones existenciales y crítico literario que es Ramón Acín nos ha sorprendido esta vez con un ensayo sobre el momento actual de la escritura. Del lenguaje, de su percepción en el universo multimedia, de la creación novelística y del futuro mercado de los libros. Temas, todos ellos, como pueden ver, de candente y polémica actualidad. El ensayo se titula Cuando es larga la sombra, y ha sido editado por la Biblioteca de Estudios de Mira Editores.
En el capítulo dedicado a Recepción literaria y mercado, el autor nos proporciona una clave que destila lucidez: "La tradicional tarea del medio escrito para transmitir conocimientos ha sido tocada en el centro mismo de su corazón. No sólo porque ya no es el único vehículo transmisor, sino porque las pautas de lectura se están viendo obligadas a acomodarse a la nueva situación".
El marco de esos nuevos soportes o escenarios culturales es borroso. Acín deduce que los programas educativos interactivos se parecen cada vez más, y cada vez más sospechamente, a los vulgares videojuegos; que las noticias se emiten como espectáculos audiovisuales, y que los juegos, a su vez, son presentados para su consumo, al público, en forma de culebrones.
¿Hay, en el mercado, una confusión azarosa o concurre, en su río revuelto, una oscura deliberación? En cualquier caso, las leyes de los nuevos mercados parecen haberse impuesto con tanta fuerza en una sociedad que, en opinión de Acín, comienza a desestructurarse, puesto que los jóvenes y futuros lectores parecen en mucha mayor medida fascinados por el dinero fácil y el poder que otorga que por la cultura y la formación literaria. De la misma manera que, sin la menor piedad, estamos asistiendo con impotencia a la intromisión de ese mercado salvaje en el universo infantil, hasta el santuario anímico de lectores que lo serán en las próximas décadas.
Actualmente, según la visión que se nos proporciona en Cuando es larga la sombra, "el lector está descolocado, disperso y atacado por una inestabilidad incesante e inagotable". Ese lector, indefenso ante la avalancha de material escrito, informático, visual y auditivo que se le viene encima desde toda clase de soportes, construye, en opinión de Acín, una especie de supertexto, un artefacto, saco o cajón de sastre donde todo cabe pero nada aprovecha ni se ensambla con el resto de elementos que van configurando el nuevo saber.
No sólo el lector, también el crítico atraviesa una fase de desconcierto. Su influencia ha disminuido frente a la omnipresencia del mercado, que decide, en su lugar, qué libros se venden. ¿Es irrelevante por eso?
En el capítulo de la crítica habría que hablar, también, de su calidad, de su creciente intrusismo y de los numerosos cementerios de escritores fracasados que, heridos por su decepción, destilan en sus reseñas un rencor vitalicio y generalmente estéril contra aquellos otros que, en la cara de la moneda, ven cómo la suerte editorial y el mercado les sonríen.
También los autores, salvo los que tienen talento y aquellos cuya sombra es larga sufren de olvido. Muchos de los citados por Acín apenas venden --¿son peores por eso?--, mientras emergen otros, procedentes de los géneros y de los nuevos mercados.
¿Es la literatura un producto o un arte? Busquen la respuesta en este interesante ensayo.
Escritor y periodista
EL PERIODICO DE ARAGON.
3-Abril-2009
sábado, 14 de febrero de 2009
MUERDE EL SILENCIO
Progreso y tradición se enfrentan en “Muerde el silencio”, de Ramón Acín Los acontecimientos del Pirineo y España se muestran a través de una familia del Valle de Tena Ramón Acín ha situado en las tierras de su infancia y adolescencia la lucha entre las costumbres y la modernidad, para lo que se ha servido de la historia de una familia que quiere mantener intacto el mundo tradicional, el futuro y los cambios que conlleva. Todo ello ocurre en el Valle de Tena, aunque Acín aclara que “podría ser cualquier otro porque las anécdotas no son exclusivamente de este valle”. El escenario es “el Pirineo en sí mismo”. HUESCA.- En “Muerde el silencio”, último título publicado de Ramón Acín, el Pirineo altoaragonés se convierte en escenario de uno de los conflictos más antiguos que existen: la contienda entre la tradición y el progreso. Ramón Acín (Piedrafita de Jaca, 1953), doctor en Filología en la Universidad de Zaragoza, catedrático de Lengua y Literatura y autor de una veintena de obras, ha situado en las tierras de su infancia y adolescencia esta lucha entre costumbres y modernidad. Para ello se vale de la historia de una familia del Valle de Tena, más concretamente de la abuela Ángela, la madre Angelita y la nieta Angelina y del papel simbólico que cada una de ellas representa y que, respectivamente, es el del mundo tradicional, las ganas de mantenerlo intacto y el futuro y los cambios que lleva consigo. El libro supone la visión de alguien que ha pasado por los dos momentos por los que discurre la novela: el cambio y la tradición. En palabras de su autor, es “cómo esa persona vio el paisaje y el paisanaje de la zona en el pasado y cómo lo ve ahora, habiendo pasado 60 años entre un momento y otro”. Los tres protagonistas sumados conforman a su vez otro personaje, que recorre la historia de España y del Pirineo oscense. Así, tenemos constantes referencias a acontecimientos del siglo pasado como son la Guerra Civil o la de África. Estos acontecimientos pasados y la gente que nació y creció en los valles pirenaicos se ven desplazados al morir el último juez de paz del pueblo. “Aquí aparece el color negro en la novela. Empieza el negro futuro que se cierne sobre la vida tradicional”, afirma Ramón Acín. Es en este momento cuando la vida tradicional pierde otra de sus figuras representativas, que es reemplazada por la llegada de las obras hidráulicas y lo que se concibe como destrucción de su hábitat tradicional. Además, los antiguos habitantes deben enfrentarse a otro desafío: la llegada de “las golondrinas, que llegan con el verano y desaparecen con el invierno”. Estas golondrinas no son, ni más ni menos, que “los turistas, los veraneantes, los que tienen segunda residencia en el Pirineo”. Ellos son los que cambiarán la forma de vivir en el valle, sus tradiciones, sus historias y su memoria. La casa ya no será más el eje de convivencia y los vecinos del pueblo, en el que antaño se conocían todos, se convierten en seres extraños, “anónimos” con la llegada de estas “golondrinas”. Todo ello ocurre en el Valle de Tena, aunque Ramón Acín aclara que “podría ser cualquier otro porque las anécdotas no son exclusivamente de este valle, sino de muchos más”. Este deseo de no identificar el lugar de la acción únicamente en este valle está acompañado por el hecho de que en el libro se usen muchos topónimos reales pero no se nombre dónde están. Esto es así por el interés del autor de “no centrar la obra en ningún punto concreto que no sea el Pirineo aragonés. El escenario en el que transcurren los hechos es el Pirineo en sí mismo”. (Óscar ISARRE, Diario del Alto Aragón, 30 de Diciembre 2007).
“Juan Goytisolo me dijo en una ocasión que para él un buen libro es aquél que cuando uno lo termina decide recomenzarlo. Éste es el caso de Muerde el silencio… libro lírico y contundente donde la peripecia vital de esta gente se narra de una forma neutra, aquí nadie juzga, no hay valoraciones morales, sólo están lo hechos fríos, duros, que entran como cuchillos en la conciencia casi sin darnos cuenta. Mientras leí la novela, evoqué la novela de William Faulkner, Mientras agonizo. La diferencia es que en Faulkner el paisaje es el que construye, quiero decir que es la muerte misma. Y, en cambio, en la novela de Acín es el paisaje quien invoca a la muerte. Después de leer esta novela, una tiene una fuerte impresión de que es la Naturaleza la que habla, el único superviviente, que mira impertérrito el sinsentido de los hombres y su breve lapso de existencia” (Paula Izquierdo. Letra Internacional)
“La relación de Ramón Acín con el territorio físico donde habitualmente transcurre su vida suele impregnar sus obras de imaginación. Por eso no es raro que este último libro encuadre su ficción en un espacio – el llamado Valle, a secas – que, aunque mítico, concentra muchas referencias de la montaña de Huesca y del valle de Tena, tan familiar al autor. Como se sabe, la conversión de territorios reales en míticos o literarios es antigua, pero en el siglo XX recobró mucha fuerza a través del Yoknapatawpha faulkneriano, determinante, en lengua española, de otros espacios imaginarios como el Santa María de Onetti, la Región de Juan Benet, el Macondo de García Márquez, y más recientemente el “reino” de Celama, de Luis Mateo Diez... Un territorio mítico de la literatura acota una parcela imaginaria convirtiéndola en arquetipo, reconstruyéndola de modo que, sin perder una referencia reconocible de lo real -conductas, tramas, encuentros, pérdidas– presente también un contenido simbólico. Muerde el silencio narra pues una parte de la vida de ese “Valle” que, trasunto imaginario de espacios reales en las auténticas montañas oscenses, cobra sentido simbólico a través de la mirada y de la voluntad del autor… La novela, en fin, narra estilizadamente, integrando diversos espacios temporales, una historia personal de desarraigo y perplejidad, y otra colectiva, de agonía y consunción, sobre uno de esos espacios españoles, que, acaso por no utilizar el chantaje de las noblezas históricas y no fomentar agresivamente las particularidades, han conocido el deterioro y la extinción en plena contemporaneidad. (José María Merino. Cuadernos Hispanoamericanos)