lunes, 23 de junio de 2014

LA FAMILIA QUE SE FUE A LA RUINA (por MARÍA DUBON)


 Ya no estoy entre vosotros, la última novela de Ramón Acín, publicada por Mira Editores, es una galería de retratos, de piezas desordenadas de un puzle que la memoria irá encajando hasta componer el paisaje de la familia Alba.
La abuela del protagonista, y matriarca de los Alba, ha fallecido y su muerte convoca a familiares y allegados en un velatorio que servirá de excusa para revisar el pasado de la estirpe. Ramón, el nieto preferido de la finada, ha llegado con el tiempo justo para despedirse de la centenaria anciana, de esa abuela glamurosa y severa, afectuosa y dura, contradictoria, que repartía cariño y miedo en estudiadas dosis. La muerte permite a Ramón ver a su abuela con ojos nuevos, los de un hombre adulto que contempla la figura engrandecida por la infancia en su dimensión real. Porque la abuela, líder incontestable de la familia Alba, tenía el alma llena de heridas y cicatrices, tal vez por eso blindó con hierro su corazón, se volvió despótica y cruel y organizó vidas ajenas a su antojo, lanzando sentencias inapelables que establecerían rumbos y determinarían destinos.
La abuela muerta, su cuerpo pequeño y seco, encajado en un ataúd, es la confirmación de un final que se anuncia en el deterioro de la vieja casona, amenazada de ruina inminente, y en esa familia dispersa, al fin libre de la opresión que ejerció la anciana, aunque marcada para siempre por las secuelas de palabras y decretos antojadizos.
Los reencuentros entre parientes sirven para evocar el pasado y reescribir un presente que no es sino la consecuencia de mentiras, verdades, ocultaciones y realidades adaptadas para que resulten más llevaderas, para que no se conviertan en un lastre oneroso en la conciencia. A través de recuerdos y conversaciones conocemos a los miembros de la familia y sabemos de la vida de Ramón, condicionado desde niño por la dominante presencia de su abuela, influido por sus decisiones, trastocado por un acontecimiento dramático que ha anegado su existencia con una tristeza que le devora las entrañas.
Ramón revive su pasado en la casona de los Alba, cuando la alcurnia de sus moradores los colocaba a una altura orgullosa y distante, muy alejada de los demás habitantes de aquella pequeña ciudad de provincias en la que reinaron en tiempos pretéritos. Los juegos infantiles con los primos, los secretos que toda familia guarda y que casi siempre afloran para que el tiempo cumpla su cometido y coloque cada cosa en su sitio, los oropeles y las miserias de los Alba, se desgranan en los capítulos de Ya no estoy entre vosotros, aderezados con unas imprescindibles notas a pie de página, en las que el editor o el autor centran la historia.
Ramón Acín narra con agilidad y maestría las interioridades de una familia que se derrumba con la muerte de la abuela. Su prosa nos lleva por escenarios íntimos, por los recovecos de unos personajes descritos con brillantez. No puedo pasar por alto al reseñar la obra la magistral descripción que el autor hace sobre la literatura, un perfecto esbozo que esclarece cualquier teoría, aportando un conocimiento profundo y certero sobre el oficio de escribir y que concluye con una reflexión filosófica acerca de la vida.
La literatura y la vida, también la omnipresencia de la muerte, se dejan sentir en las páginas de Ya no estoy entre vosotros. “Todo a la mierda” es una frase lapidaria que encierra el sentido de esta farsa que llamamos vida. Ramón Acín lo ha descubierto y deja ahí sus conclusiones, para quien las quiera adoptar.
(Publicada en ARTES y LETRAS. Herado de Aragón. 17 de Junio 2014) 

lunes, 17 de marzo de 2014

UNA PRESENTACIÓN (Ángeles Brocate. Club de lectura)


ABRIR LA PUERTA.RAMON ACÍN

Club de Lectura de La Almunia

Permítanme que me presente, soy simplemente quien pone fin a la vida, solo eso.

Normalmente me llaman Muerte, mejor dicho, La Muerte.

No se, porque, siempre se piensa en mi en femenino (bueno, puede que hablemos de ello mas tarde).

Pero yo y mi trabajo pasaríamos desapercibidos si a alguien no se le ocurriera hablar, mejo dicho, escribir sobre nosotros.

De cómo y de que manera absurda, a veces, acabamos con lo que ya tenía fecha de caducidad, para que sin ningún porque ni razón se vuelva eterno.

Y hoy, no se si por casualidad, me he encontrado con algo aparentemente pequeño (un librito de 12 X 17, con 121 páginas y 12 relatos) pero lleno de antiguas vidas que no caerán en el olvido, lo merezcan o no.

Escritos en un lenguaje rico (como sino meter 9 adjetivos en dos líneas sin perder el ritmo) y denso.

Densidad que envuelve a los personajes como un protector plástico de burbujas, burbujas llenas de citas a lugares (ya que recorremos desde el Pirineo, a Mallorca pasando por el desierto, París o Londinium) citas a personajes celebres reales o no (desde Llamazares, Rembrandt, La Garbo, Mata-Hari, Drácula, Asterix, Tintín tantos y tantos otros), acompañados todos ellos con las putas más célebres de la historia, ¿Por qué no?

Pero entre nosotros, creo que este libro sólo habla de mí, de cómo el autor en el fondo me quiere, porque “Querer es distinto a amar, querer es admirar, soportar, someterse, compartir, y, muchas, muchas mas cosas”.

Cosas que en parte, y sin que sirva de precedente, siento hoy por el escritor que ha dedicado a mí y a mi trabajo este pequeño gran libro. (lo siento, a La Muerte, como mujer que es, también le gusta que la halaguen).

Y es que la muerte engancha. ¿O no?

(Un pequeño inciso, espero que nadie se atreva a llevarme la contraria, vamos, ni en sueños. ¡Por que, no se si saben pero… no me sienta nada bien!)

Por todo ello permítanme presentar al que hoy por hoy es mi cronista favorito con una de las últimas palabras de su libro, “GUAU”.

Señoras y señores, con todos ustedes el hacedor de “ABRIR LA PUERTA”, Ramón Acín

martes, 7 de enero de 2014

CUANDO ES LARGA LA SOMBRA en la Revista NARRATIVAS


CUANDO ES LARGA LA SOMBRA, de Ramón Acín

Ramón Acín nos muestra su certera visión del mundo de la cultura y de la literatura en la obra Cuando es larga la sombra, y el panorama que describe resulta descorazonador: la cultura ha pasado a ser un producto más de la sociedad de mercado, el lector es mero consumi-dor, no existe un canon artístico, el libro ha perdido su papel hegemó-nico frente a las nuevas tecnologías, la novela actual es un ejercicio de autoanálisis que rinde pleitesía al yo, el escritor es un obrero de la

pluma, la función del crítico ha desaparecido, las editoriales venden sus artefactos a golpe de pu-blicidad… Acín desarrolla éstas y otras cuestiones y Cuando es larga la sombra se convierte en un soberbio ensayo que analiza de forma ágil, amena y didáctica los problemas que aquejan a nuestra literatura. Es una crítica clara y feroz a la cultura de mercado, un texto que defiende la LITERATURA.

La cultura se ha democratizado y esto, per se, no es malo, aunque tampoco puede afirmarse que sea bueno. Hay que ofrecer productos que lleguen a una amplia diversidad de personas, por eso la cultura ha rebajado su nivel con el fin de resultar accesible para la mayoría: un público sin dema-siado criterio y poco exigente que se conforma con lo que le echan. La cultura ha dejado de tener una función formativa, se mueve por intereses puramente comerciales y busca, ante todo, ser eco-nómicamente rentable. Una buena novela es una novela que se vende por millares, es la más com-prada, al margen de su calidad literaria, desdeñando su contenido y, a falta de un canon literario, cualquier texto puede obtener el calificativo de literario. También el crítico se ha adaptado a los nuevos tiempos, el juez justo que ilumina al lector con su verdad literaria se ha convertido en un simple comentarista al servicio de la propaganda, no de la literatura.

Un literato no es la persona que escribe bien, con mayor o menor grado de excelencia. El escritor actual se valora más por su fama, por su éxito y por su capacidad de generar ventas, que por su habilidad al provocar emociones o suscitar reflexiones. La cantidad de obras vendidas se equipara al valor literario. Tanto vendes, tanto vales, es la máxima que se le aplica al autor, de manera que vender, y no escribir, es el objetivo. La obra, ante todo, ha de ser rentable porque las editoriales son parte de grupos económicos que dedican sus esfuerzos a obtener beneficios, que manejan el mercado, crean cultura, influyen en ella, venden productos y realzan el valor de los mismos con su prestigio.

Y llegamos a la última pieza del engranaje, al lector. En las escuelas no se enseña a leer. Leer es algo más que interpretar signos, requiere capacidad de abstracción, juicio analítico, comprensión del texto, y en las aulas no se fomenta este tipo de lectura. Leer no es una tarea escolar más. Leer es gozar de una actividad íntima y placentera, es abrir la mente para contemplar el panorama que el libro nos muestra, es aprender, sentir, pensar… Y la mayoría de nuestros estudiantes no sabe leer de esta manera. Buena parte de los lectores escoge libros que le diviertan, que le alejen de la rutina cotidiana, las editoriales lo saben, los escritores lo saben y así la «literatura» se llena de obras endebles, de palabrería vana que no ahonda en ninguna cuestión. Porque la reflexión, la maduración de una idea, requiere tiempo, y es precisamente tiempo lo que nos falta, pues el mer-cado de la oferta y la demanda exige rapidez, variación constante. El resultado es una literatura bastarda, de apariencia artística pero privada de los aditamentos esenciales que harían de ella arte, creación.

Ramón Acín no vislumbra un final feliz, yo le propongo consuelo con las palabras de Bécquer: «Po-drá no haber poetas, pero siempre habrá poesía».

© María Dubón http://dubones.blogspot.com.es

miércoles, 20 de noviembre de 2013

CRÍTICA DE JOSÉ MARÍA MERINO, REVISTA "TURIA" (nº 108)


   ABRIR LA PUERTA. Innombrables, apócrifos y curiosidades*, de Ramón Acín
 
                                          por José María MERINO
   Ramón Acín ha acreditado desde hace mucho tiempo su entrega a la literatura a través de varios medios. Primero desde la docencia, a la que se ha dedicado extensa y profundamente, y luego dirigiendo en Aragón durante muchos años un programa escolar de animación a la lectura que no ha tenido parangón en España, y hablo desde el riguroso conocimiento del fenómeno y con la capacidad de poder establecer las comparaciones que me permiten ser tan tajante. Sin embargo, desde la otra orilla, desde la parte del autor, Acín ha practicado también con fortuna la escritura, tanto en calidad de ensayista como de creador, en este caso en el campo de la narrativa, con numerosos libros: dietarios, colecciones de cuentos, novelas y hasta ficciones destinadas al lector juvenil. Hoy presenta un libro de cuentos  insólito que, para empezar, resulta un homenaje a un elemento, el del apócrifo,  muy característico de la ficción española a lo largo de la historia.
   Empezando por los narradores de los libros de caballerías –y pienso en esa pomposa voz que “quiere que sepamos” y que nos va contando el Amadís como si fuésemos los reyes y los poderosos del mundo- y pasando por el siempre imprescindible Quijote en el que ya desde el prólogo hay una voz narrativa que no es la del autor sino la de un personaje, y donde tanto papel tiene el traductor Cide Hamete Benengeli, nuestra literatura está cargada de apócrifos: Juan Lamas, el del camisón cagado, o el “fiel de las putas”, ambos imaginados por Quevedo, enlazan sin disonancia con Jusep Torres Campalans y los numerosos poetas imaginados por Max Aub, con los machadianos Juan de Mairena y Abel Martín, e incluso, si se me permite la autocita, con el  Sabino Ordás que de vez en cuando sigue en contacto con Juan Pedro Aparicio, con Luis Mateo Diez y conmigo, que en cierta ocasión recopilamos sus “cenizas del Fénix”. Por otro lado el apócrifo, en lo que tiene de biografía fabulosa, conecta muy bien con ese tipo de relato constituido por la semblanza de un personaje, en cuya construcción fue maestro Clarín...
   Mas en “Abrir la puerta” el propio título indica la perspectiva que Acín ha buscado para agrupar este grupo de personajes que nos presenta: él nos “abre la puerta” para que nos asomemos, para que fisguemos. Alguien, el narrador que sustituye a Acín,  entreabre la hoja de esa puerta y en cierto modo nos susurra, se dirige a nosotros con discreción, con un  punto de vista que a veces es  una primera persona que parece tercera, o que es una tercera que parece primera.  Se trata de una voz confidencial, que tiende a elaborar cierta forma de relato indirecto, como murmurado. Predomina un lenguaje aparentemente coloquial en una estructura literaria canónica pero caracterizado fuertemente por la envoltura verbal que marca un continuo aire de sugerencia. El lector debe imaginar los aspectos centrales de cada uno de los personaje que el narrador inventado por Acín nos permite contemplar a través de la puerta entreabierta.
     El conjunto del libro, reúne 12 peculiares semblanzas apócrifas, referenciadas en muy diferentes espacios. Cioconda la radiante describe a un personaje femenino, entre cabaretera y cupletista, su vida en el Paralelo barcelonés y cierto diseño de su biografía en contraste peculiar con la Gioconda de Vinci.  Héroes inmolados nos  presenta a cierto suicida en Caracas, haciendo una reconstrucción acaso imaginaria de su pasado en el que por medio de insinuaciones y suposiciones derivamos en un final tenebroso. El protagonista de Lobo solitario, está obsesionado por un fetichismo mitómano. De pastor a ganchero, el protagonista de Del entierro de Estanis, el abacero, es una muestra del imprevisible destino que puede aguardarnos, entre la fascinación amorosa y las balas perdidas. En Make-up, make-up, make-up, a través de una estructura que incluye un introito y un colofón y utilizando una voz indirectísima, se recrea la biografía de un político, sus nobles ascendientes, la curiosa pasión por la entomología… Amores locos nos muestra las tumbas de  Él y de Ella; estamos en  Paris, en Nochevieja, conociendo  una tragedia sospechada, muy determinada por la  propia atmósfera del relato. No se puede precisar la santidad de El  Santo Bebedor, personaje contradictorio que es aficionado al  hachís y a los licores de hierbas y de higos, pero conocemos su permanente huida. En “Petite mort” La mueca de Tanatos,  unas hermanitas del pecar son nuestras informantes, y se construye una especie de biografía beatificada en la que se conjugan el amor y la muerte. Un espacio llamado El ocaso nos lleva a determinados lugares para un parque temático y determinado monumento hablándonos, a través de un alcalde, de  asuntos que están muy de actualidad… Y en Defensa del maestro, mediante la presentación de las ruinas de  ocho aldeas asoladas, vienen a coincidir los pecados de los ancestros con los actuales enfrentamientos vecinales. El último relato, Y al final, como todos, él dijo guau, de nuevo una mirada voluntariamente indirecta, la del encargado de su educación, su tutor, vamos conociendo al protagonista a través de innumerables ejemplos de seres semejantes.
    El sarcasmo es la principal materia nutricia de todos estos cuentos, desde una curiosa voz en la que, como señalé,  la naturalidad de la expresión coloquial se entrelaza con la descripción literaria y va desarrollando el texto sin rigidez, abierto continuamente a una especie de “flujo de memoria” que también lo comunica con la crónica –en algún caso, el propio relato aparece como una reseña de prensa-. Cada personaje se crea o se recrea mediante alusiones, y esa perspectiva indirecta, a la que me he referido a lo largo de esta reseña, le da al libro una indudable originalidad, construyendo una especie de panorama “objetivo” de personajes, en  que el narrador deja al criterio del lector el juicio definitivo sobre sus cualidades y circunstancias, en una especie de humorístico “behaviorismo”.
                                                       José María Merino
  
        * Ediciones Traspiés, Granada, 2013
 
 

martes, 3 de septiembre de 2013


¿Narrador o erudito?, Por Luis Borrás. CULTURAMAS
 
Ramón Acín. “Abrir la puerta”,
122 páginas. Traspiés. Granada, 2013.

Ramón Acín es un autor reconocido en Aragón y tal vez poco conocido en el resto de España. Ha publicado libros de relatos, dietarios, novelas y ensayo literario en diferentes editoriales y ahora Traspiés, la editorial de Granada, dentro de su colección “Breves” al cuidado de Miguel Á. Cáliz, publica este “Abrir la puerta”; una colección de once relatos que Acín ha subtitulado: (Innombrables, apócrifos y curiosidades). El origen de esta colección lo imagino como el reconocimiento a su larga trayectoria como escritor al concederle el editor, sin cortapisas ni enmiendas, completa libertad para publicar el libro que Acín ha querido. Y amparándose en esa libertad ha reunido once textos eclécticos que en ocasiones son relatos –más o menos- estrictos y en otras adquieren la forma de ensayo histórico o erudito, carta pública o desmentido anónimo, artículo periodístico, “curiosidad”, y en mayor medida biografía real o “apócrifa”.

De esos once textos a mí me parecen realmente excelentes cuatro: “Cioconda, la radiante”, “Héroes inmolados”, “Del entierro de Estanis, el abacero” y “Amores locos”. Y para mí lo son porque en esos cuatro Acín, sin renunciar a su personalidad, se dedica más a narrar una historia que a la alquimia literaria. Mención aparte merece el último: “Y, al final, como todos, él dijo guau”, un cuento que es un trampantojo, un habilidoso juego en el que nos engaña desde el principio haciéndonos creer otra cosa de la que realmente es. Yo empecé a sospechar algo cuando descubrí la primera pista, y reconozco que me divertí buscando referencias en Google y en la Wikipedia. Un relato ingenioso en el que demuestra su gran sabiduría sin llegar a empachar.

Porque es precisamente cuando esa sabiduría se convierte en excesiva erudición narrada de una forma abstrusa cuando se produce la indigestión. Supongo que sucede porque a veces los escritores cometen el error de convertirse en catedráticos dando una conferencia y se olvidan de que delante no tienen a un pequeño auditorio de licenciados pelotas que esperan convertirse en doctores -y que se romperán las manos aplaudiéndole aunque no hayan entendido nada- sino a simples lectores. Yo soy un pobre mortal que sacó un cinco en la selectividad y estudió la carrera equivocada, un lector que espera de un relato otra cosa que no sea una soporífera conferencia o un laberinto en el que internarse buscando al Minotauro. Ya estoy mayor para caer en complejos de inferioridad y callarme por no querer pasar por un ignorante con el paladar atrofiado. No voy a buscarle los tres pies al gato; si un escritor quiere convertirse en el repelente niño Vicente allá él, su ombligo y sus experimentos literarios con gaseosa. Y no lo entiendo más que nada porque Acín es capaz de escribir un excelente relato en claroscuro como “Amores locos” cargado de lirismo trágico sin caer en el empandullo farragoso de “El santo bebedor” o “Defensa del maestro o discurso sobre desiertos en la selva humana”. En “Petite mort la mueca de Tánatos” insiste en esa tonalidad y acento enredador, pero deja destellos de un personaje y un escenario atrayentes sin caer del todo en lo enmarañado y su embriaguez, pero sin librarse del todo de él. Y al contrario, en “Lobo Solitario”, resulta transparente y claro, pero más que un relato lo veo como una reflexión sobre “el sufrimiento gozoso” de la mitomanía. Lo mismo sucede en “Un espacio llamado ocaso” y “Make-up, make-up, make-up” que más que relatos se tratan de un irónico artículo de opinión o de un panfleto político en clave.

Me gustaría que un autor me diera una explicación convincente de por qué a veces se empeñan en querer marear al lector. No quiero pensar que pretenden hacerle creer que es un idiota que no entiende la alta literatura; más bien quiero imaginar que a veces sin maldad, pero con evidentes perjuicios para nuestra búsqueda del placer, se les va la pinza y las manos por demostrar que no son simples buhoneros o cuentistas. Y me encantaría entenderlo porque Acín en “Amores locos” consigue ese equilibrio necesario y difícil entre belleza y misterio, sofisticación, extrañeza y sentimiento que no resulta incómodo ni necesita –para apreciarlo-de un doctorado en filosofía clásica o literatura comparada.

Y lo mismo sucede con esos otros tres relatos extraordinarios que pueden considerarse falsas biografías auténticas; la semblanza apócrifa o no -eso da igual- de unos personajes perfectamente posibles, personas que formaron parte de la Historia (con H) con su particular y minúscula historia (con h), ninguno –como nosotros- tendrá su entrada en las enciclopedias, ni en las de papel ni en las electrónicas. Acín recupera en “Cioconda, la radiante” a Luisa que “con apenas diecisiete añitos huyó de Sobrepuerto. Con una mano delante y otra detrás. Y sin embargo, seis meses después ya reinaba en el Paralelo, y toda la bohemia noche tras noche se rendía a sus pies, a la par que hacía babear a los más noctívagos de la rancia burguesía catalana”. Esa historia es apenas un par de apuntes biográficos, pero no necesita más, cuenta lo imprescindible y le añade un interesante paralelismo que no resulta –esta vez- elucubración pedante. En “Héroes inmolados” parte del suicidio de un hombre desde lo más alto de una torre de Caracas para, a través de una investigación periodística -con todo lo que eso tiene de verdad y oportunismo- recrear la vida de un anarquista aragonés exiliado en Venezuela después de la Guerra Civil. Y en “Del entierro de Estanis, el abacero” –que es sin lugar a dudas mi favorito- cuenta la historia de un pastor de Monteflorite que llega a Tortosa como almadiero, su amor y su tienda, su muerte absurda y el porqué quería que su ataúd fuera de pino; un relato que está a la altura de los mejores de Jesús Moncada. ¿Por qué no puede ser siempre así? Ya se que no es lo mismo ser uno que otro, pero yo prefiero mucho más al narrador que al erudito. Con uno disfruto, el otro me resulta cargante

 

MÁS RESEÑAS (Miguel Baquero)


Abrir la puerta.

 
  Reseña de Miguel Baquero. Heraldo de Henares. 21-7-13.

¿Cómo sería nuestra vida contada por otros? ¿En qué se fijarían? ¿Con que detalles la podrían tergiversar? Este parece ser el tema recurrente de los relatos que componen Abrir la puerta, el último libro de Ramón Acín (Piedrafita de Jaca, Huesca).

Autor con una larga trayectoria tanto en la novela como en los cuentos, con incursiones en el ensayo, el dietario y la novela juvenil, en este pequeño volumen que ahora edita Traspiés parece plantearnos la pregunta no ya de si es verdad lo que sabemos acerca de este o de aquel, sino si es cierto lo que recordamos de ellos, si no nos traicionamos en general al rememorar.

Así, en Abre la puerta podemos encontrarnos con suicidas de personalidad por completo desconocida a los que, sin embargo, la necesidad periodística, a partir de un pequeño detalle, les crea un pasado trepidante… y quizás contradictorio; antiguas estrellas de los cabarets en torno a las cuales se acaba alzando una leyenda, personajes en torno a cuya muerte por una bala perdida se acaba levantando un aroma espeso e irreal…

“Perdonarán que sitúe su natalicio y óbito en Azuara, provincia de Zaragoza. Y perdonarán que esconda su nombre de pila y una completa filiación. Sé bien qué es faltar a la verdad. Pero se trata de una mentira a medias (además de piadosa) que pienso puede evitar males mayores”.

En torno a este tema giran los relatos de Abrir la puerta, en torno a esa diferencia, a veces abisal, entre quienes somos —muchos, seguramente, dentro de nosotros unos extraños todavía incrédulos de nosotros mismos— y lo que nos consideran, nos añaden, nos quitan, nos manipulan.

Personajes reunidos en torno a un difunto, o a una genealogía extinta, que dejan volar su imaginación. Nadie duda que de ese material está hecha la historia, en mayúscula o minúscula, como una ideación pintoresca y convenida cuando estamos seguros de que nadie la va a contradecir.

“Esta es la historia. Ni más, ni menos. Lo digo con la mano en el corazón, ahora que velo su agonía y que creo, sin duda, que va a ser su sueño eterno”.

Doce relatos de poderoso estilo, sostenido con firmeza y que, como espero pueda deducirse de esta reseña, tienen ese fondo intelectual de los buenos relatos que nos llevan, al concluir su lectura, a hacernos preguntas.


Ficha técnica: Abrir la puerta, Ramón Acín,Editorial Traspiés, 124 páginas

ABRIR LA PUERTA, por Alberto Díaz Rueda (La Comarca. net. Alcañiz)

Ramón Acín es de Piedrafita de Jaca, Huesca, y catedrático de Lengua y Literatura. Con estos antecedentes se le presuponen dos cosas, humor afilado como buen maño y conocimiento del instrumento que usa, la lengua castellana. De ambas cosas doy fe tras haber leído su recopilación de relatos "Abrir la puerta" que ha publicado con Ediciones Traspiés. No podemos hablar de un recién llegado a la narrativa, bien lo saben los de esta tierra. Acín lo ha transitado todo, desde los libros de relatos (este es el sexto, si no voy errado), la novela (cuatro) o el ensayo (cinco). Además se ha metido en el mundo editorial y en el de la promoción de ese insigne y necesario vicio llamado lectura. Por tanto, es uno de los nuestros, frase peliculera que nació en el alto mundo político anglosajón.

Resulta interesante leer a Ramon Acín. Alguien le llamó "agitador cultural", con todas las beneméritas connotaciones del título. Y hay algo de esa dinámica desafiante que los de antes llamaban "èpater le bourgois" en muchas estampas de su libro, como en "Cioconda, la Radiante", un retrato goyesco de una "reina del Paralelo" barcelonés, o el de "El santo bebedor" un retrato a lo Bowle de un tipo estrafalario, escritor, sablista, eremita forzado, un tipo que "llevó siempre vida de fugitivo (de la justicia...pero también de sí mismo" (pag.64).

Acín logra interesarnos por su indudable voluntad de romper el género y nos ofrece una contundente mezcla de imaginación, realidad documental (sea cierta o no), esperpento y una cierta erudición. En "Héroes 'inmolados' " juega con la historia y nos habla de un suicida en la plaza Venezuela de Caracas, vinculado tras una vida azarosa con los refugiados republicanos de la guerra civil española. Con "Lobo solitario" da una nueva vuelta de tuerca y nos habla del fanático obsesionado con Greta Garbo, para volver en "Del entierro de Estanis, el abacero" a nuestra guerra incivil, con una historia buñuelesca sobre el almadiero segado por una bala perdida al final de la batalla del Ebro. Y la historia la trufa con una deliciosa lista de hierbas con las que el cadáver insepulto pero enferetrado de Estanis desemboca en el Mediterráneo para una singladura sin fin (los hermanos Cohen harían una buena película con este guión).

Con "Make-up, make-up, make-up" Acín ya roza la broma surrealista y nos relata la historia de un político peculiar que entre sus aficiones pregona la de "experto en ácaros e insectos propios de la fauna de las tumbas" (pag.50). En "Amores locos" nos habla de un amor con mal final desde el punto de vista del tercero en discordia, donde Acín nos deja testimonio de un cierto lirismo dentro del estilo rimbombante, y guasón en el fondo, que el escritor practica con sorna pero sin mala leche.

En otros relatos del pequeño pero jugoso libro juega con el tremendismo como la historia de un don Juan peculiar "enano contrahecho y con una verga descomunal" pag.85, o con un humor irónico y burlón vestido de articulo periodístico en "Un espacio llamado El Ocaso" o el juego literario de "Y al final, como todos, él dijo GUAU", en el que el humor guarda su sorpresa al terminar de leer.

El libro de Acín me recuerda esas muñecas rusas de diferentes tamaños que se contienen unas a otras. En estos relatos el lector se presta con agrado al juego del narrador, el comienzo nos extravía, el desarrollo nos confunde y al final todo cobra un sentido. Y en cada uno de los relatos se contiene algo de lo anterior. Y ese algo es ese humor que nace con una sonrisa, no busca la carcajada y deja una sensación de divertida extrañeza. Vamos, humor aragonés con sus goticas de retranca gallega y formulación austera castellana. Y, por encima de todo, la evidencia de que Ramón Acín ha escrito exactamente lo que le venía en gana. Pero como nos divierte, pues miel sobre hojuelas.

ABRIR LA PUERTA.- Ramón Acín.- ED. Traspiés. 122 págs