miércoles, 20 de noviembre de 2013

CRÍTICA DE JOSÉ MARÍA MERINO, REVISTA "TURIA" (nº 108)


   ABRIR LA PUERTA. Innombrables, apócrifos y curiosidades*, de Ramón Acín
 
                                          por José María MERINO
   Ramón Acín ha acreditado desde hace mucho tiempo su entrega a la literatura a través de varios medios. Primero desde la docencia, a la que se ha dedicado extensa y profundamente, y luego dirigiendo en Aragón durante muchos años un programa escolar de animación a la lectura que no ha tenido parangón en España, y hablo desde el riguroso conocimiento del fenómeno y con la capacidad de poder establecer las comparaciones que me permiten ser tan tajante. Sin embargo, desde la otra orilla, desde la parte del autor, Acín ha practicado también con fortuna la escritura, tanto en calidad de ensayista como de creador, en este caso en el campo de la narrativa, con numerosos libros: dietarios, colecciones de cuentos, novelas y hasta ficciones destinadas al lector juvenil. Hoy presenta un libro de cuentos  insólito que, para empezar, resulta un homenaje a un elemento, el del apócrifo,  muy característico de la ficción española a lo largo de la historia.
   Empezando por los narradores de los libros de caballerías –y pienso en esa pomposa voz que “quiere que sepamos” y que nos va contando el Amadís como si fuésemos los reyes y los poderosos del mundo- y pasando por el siempre imprescindible Quijote en el que ya desde el prólogo hay una voz narrativa que no es la del autor sino la de un personaje, y donde tanto papel tiene el traductor Cide Hamete Benengeli, nuestra literatura está cargada de apócrifos: Juan Lamas, el del camisón cagado, o el “fiel de las putas”, ambos imaginados por Quevedo, enlazan sin disonancia con Jusep Torres Campalans y los numerosos poetas imaginados por Max Aub, con los machadianos Juan de Mairena y Abel Martín, e incluso, si se me permite la autocita, con el  Sabino Ordás que de vez en cuando sigue en contacto con Juan Pedro Aparicio, con Luis Mateo Diez y conmigo, que en cierta ocasión recopilamos sus “cenizas del Fénix”. Por otro lado el apócrifo, en lo que tiene de biografía fabulosa, conecta muy bien con ese tipo de relato constituido por la semblanza de un personaje, en cuya construcción fue maestro Clarín...
   Mas en “Abrir la puerta” el propio título indica la perspectiva que Acín ha buscado para agrupar este grupo de personajes que nos presenta: él nos “abre la puerta” para que nos asomemos, para que fisguemos. Alguien, el narrador que sustituye a Acín,  entreabre la hoja de esa puerta y en cierto modo nos susurra, se dirige a nosotros con discreción, con un  punto de vista que a veces es  una primera persona que parece tercera, o que es una tercera que parece primera.  Se trata de una voz confidencial, que tiende a elaborar cierta forma de relato indirecto, como murmurado. Predomina un lenguaje aparentemente coloquial en una estructura literaria canónica pero caracterizado fuertemente por la envoltura verbal que marca un continuo aire de sugerencia. El lector debe imaginar los aspectos centrales de cada uno de los personaje que el narrador inventado por Acín nos permite contemplar a través de la puerta entreabierta.
     El conjunto del libro, reúne 12 peculiares semblanzas apócrifas, referenciadas en muy diferentes espacios. Cioconda la radiante describe a un personaje femenino, entre cabaretera y cupletista, su vida en el Paralelo barcelonés y cierto diseño de su biografía en contraste peculiar con la Gioconda de Vinci.  Héroes inmolados nos  presenta a cierto suicida en Caracas, haciendo una reconstrucción acaso imaginaria de su pasado en el que por medio de insinuaciones y suposiciones derivamos en un final tenebroso. El protagonista de Lobo solitario, está obsesionado por un fetichismo mitómano. De pastor a ganchero, el protagonista de Del entierro de Estanis, el abacero, es una muestra del imprevisible destino que puede aguardarnos, entre la fascinación amorosa y las balas perdidas. En Make-up, make-up, make-up, a través de una estructura que incluye un introito y un colofón y utilizando una voz indirectísima, se recrea la biografía de un político, sus nobles ascendientes, la curiosa pasión por la entomología… Amores locos nos muestra las tumbas de  Él y de Ella; estamos en  Paris, en Nochevieja, conociendo  una tragedia sospechada, muy determinada por la  propia atmósfera del relato. No se puede precisar la santidad de El  Santo Bebedor, personaje contradictorio que es aficionado al  hachís y a los licores de hierbas y de higos, pero conocemos su permanente huida. En “Petite mort” La mueca de Tanatos,  unas hermanitas del pecar son nuestras informantes, y se construye una especie de biografía beatificada en la que se conjugan el amor y la muerte. Un espacio llamado El ocaso nos lleva a determinados lugares para un parque temático y determinado monumento hablándonos, a través de un alcalde, de  asuntos que están muy de actualidad… Y en Defensa del maestro, mediante la presentación de las ruinas de  ocho aldeas asoladas, vienen a coincidir los pecados de los ancestros con los actuales enfrentamientos vecinales. El último relato, Y al final, como todos, él dijo guau, de nuevo una mirada voluntariamente indirecta, la del encargado de su educación, su tutor, vamos conociendo al protagonista a través de innumerables ejemplos de seres semejantes.
    El sarcasmo es la principal materia nutricia de todos estos cuentos, desde una curiosa voz en la que, como señalé,  la naturalidad de la expresión coloquial se entrelaza con la descripción literaria y va desarrollando el texto sin rigidez, abierto continuamente a una especie de “flujo de memoria” que también lo comunica con la crónica –en algún caso, el propio relato aparece como una reseña de prensa-. Cada personaje se crea o se recrea mediante alusiones, y esa perspectiva indirecta, a la que me he referido a lo largo de esta reseña, le da al libro una indudable originalidad, construyendo una especie de panorama “objetivo” de personajes, en  que el narrador deja al criterio del lector el juicio definitivo sobre sus cualidades y circunstancias, en una especie de humorístico “behaviorismo”.
                                                       José María Merino
  
        * Ediciones Traspiés, Granada, 2013
 
 

martes, 3 de septiembre de 2013


¿Narrador o erudito?, Por Luis Borrás. CULTURAMAS
 
Ramón Acín. “Abrir la puerta”,
122 páginas. Traspiés. Granada, 2013.

Ramón Acín es un autor reconocido en Aragón y tal vez poco conocido en el resto de España. Ha publicado libros de relatos, dietarios, novelas y ensayo literario en diferentes editoriales y ahora Traspiés, la editorial de Granada, dentro de su colección “Breves” al cuidado de Miguel Á. Cáliz, publica este “Abrir la puerta”; una colección de once relatos que Acín ha subtitulado: (Innombrables, apócrifos y curiosidades). El origen de esta colección lo imagino como el reconocimiento a su larga trayectoria como escritor al concederle el editor, sin cortapisas ni enmiendas, completa libertad para publicar el libro que Acín ha querido. Y amparándose en esa libertad ha reunido once textos eclécticos que en ocasiones son relatos –más o menos- estrictos y en otras adquieren la forma de ensayo histórico o erudito, carta pública o desmentido anónimo, artículo periodístico, “curiosidad”, y en mayor medida biografía real o “apócrifa”.

De esos once textos a mí me parecen realmente excelentes cuatro: “Cioconda, la radiante”, “Héroes inmolados”, “Del entierro de Estanis, el abacero” y “Amores locos”. Y para mí lo son porque en esos cuatro Acín, sin renunciar a su personalidad, se dedica más a narrar una historia que a la alquimia literaria. Mención aparte merece el último: “Y, al final, como todos, él dijo guau”, un cuento que es un trampantojo, un habilidoso juego en el que nos engaña desde el principio haciéndonos creer otra cosa de la que realmente es. Yo empecé a sospechar algo cuando descubrí la primera pista, y reconozco que me divertí buscando referencias en Google y en la Wikipedia. Un relato ingenioso en el que demuestra su gran sabiduría sin llegar a empachar.

Porque es precisamente cuando esa sabiduría se convierte en excesiva erudición narrada de una forma abstrusa cuando se produce la indigestión. Supongo que sucede porque a veces los escritores cometen el error de convertirse en catedráticos dando una conferencia y se olvidan de que delante no tienen a un pequeño auditorio de licenciados pelotas que esperan convertirse en doctores -y que se romperán las manos aplaudiéndole aunque no hayan entendido nada- sino a simples lectores. Yo soy un pobre mortal que sacó un cinco en la selectividad y estudió la carrera equivocada, un lector que espera de un relato otra cosa que no sea una soporífera conferencia o un laberinto en el que internarse buscando al Minotauro. Ya estoy mayor para caer en complejos de inferioridad y callarme por no querer pasar por un ignorante con el paladar atrofiado. No voy a buscarle los tres pies al gato; si un escritor quiere convertirse en el repelente niño Vicente allá él, su ombligo y sus experimentos literarios con gaseosa. Y no lo entiendo más que nada porque Acín es capaz de escribir un excelente relato en claroscuro como “Amores locos” cargado de lirismo trágico sin caer en el empandullo farragoso de “El santo bebedor” o “Defensa del maestro o discurso sobre desiertos en la selva humana”. En “Petite mort la mueca de Tánatos” insiste en esa tonalidad y acento enredador, pero deja destellos de un personaje y un escenario atrayentes sin caer del todo en lo enmarañado y su embriaguez, pero sin librarse del todo de él. Y al contrario, en “Lobo Solitario”, resulta transparente y claro, pero más que un relato lo veo como una reflexión sobre “el sufrimiento gozoso” de la mitomanía. Lo mismo sucede en “Un espacio llamado ocaso” y “Make-up, make-up, make-up” que más que relatos se tratan de un irónico artículo de opinión o de un panfleto político en clave.

Me gustaría que un autor me diera una explicación convincente de por qué a veces se empeñan en querer marear al lector. No quiero pensar que pretenden hacerle creer que es un idiota que no entiende la alta literatura; más bien quiero imaginar que a veces sin maldad, pero con evidentes perjuicios para nuestra búsqueda del placer, se les va la pinza y las manos por demostrar que no son simples buhoneros o cuentistas. Y me encantaría entenderlo porque Acín en “Amores locos” consigue ese equilibrio necesario y difícil entre belleza y misterio, sofisticación, extrañeza y sentimiento que no resulta incómodo ni necesita –para apreciarlo-de un doctorado en filosofía clásica o literatura comparada.

Y lo mismo sucede con esos otros tres relatos extraordinarios que pueden considerarse falsas biografías auténticas; la semblanza apócrifa o no -eso da igual- de unos personajes perfectamente posibles, personas que formaron parte de la Historia (con H) con su particular y minúscula historia (con h), ninguno –como nosotros- tendrá su entrada en las enciclopedias, ni en las de papel ni en las electrónicas. Acín recupera en “Cioconda, la radiante” a Luisa que “con apenas diecisiete añitos huyó de Sobrepuerto. Con una mano delante y otra detrás. Y sin embargo, seis meses después ya reinaba en el Paralelo, y toda la bohemia noche tras noche se rendía a sus pies, a la par que hacía babear a los más noctívagos de la rancia burguesía catalana”. Esa historia es apenas un par de apuntes biográficos, pero no necesita más, cuenta lo imprescindible y le añade un interesante paralelismo que no resulta –esta vez- elucubración pedante. En “Héroes inmolados” parte del suicidio de un hombre desde lo más alto de una torre de Caracas para, a través de una investigación periodística -con todo lo que eso tiene de verdad y oportunismo- recrear la vida de un anarquista aragonés exiliado en Venezuela después de la Guerra Civil. Y en “Del entierro de Estanis, el abacero” –que es sin lugar a dudas mi favorito- cuenta la historia de un pastor de Monteflorite que llega a Tortosa como almadiero, su amor y su tienda, su muerte absurda y el porqué quería que su ataúd fuera de pino; un relato que está a la altura de los mejores de Jesús Moncada. ¿Por qué no puede ser siempre así? Ya se que no es lo mismo ser uno que otro, pero yo prefiero mucho más al narrador que al erudito. Con uno disfruto, el otro me resulta cargante

 

MÁS RESEÑAS (Miguel Baquero)


Abrir la puerta.

 
  Reseña de Miguel Baquero. Heraldo de Henares. 21-7-13.

¿Cómo sería nuestra vida contada por otros? ¿En qué se fijarían? ¿Con que detalles la podrían tergiversar? Este parece ser el tema recurrente de los relatos que componen Abrir la puerta, el último libro de Ramón Acín (Piedrafita de Jaca, Huesca).

Autor con una larga trayectoria tanto en la novela como en los cuentos, con incursiones en el ensayo, el dietario y la novela juvenil, en este pequeño volumen que ahora edita Traspiés parece plantearnos la pregunta no ya de si es verdad lo que sabemos acerca de este o de aquel, sino si es cierto lo que recordamos de ellos, si no nos traicionamos en general al rememorar.

Así, en Abre la puerta podemos encontrarnos con suicidas de personalidad por completo desconocida a los que, sin embargo, la necesidad periodística, a partir de un pequeño detalle, les crea un pasado trepidante… y quizás contradictorio; antiguas estrellas de los cabarets en torno a las cuales se acaba alzando una leyenda, personajes en torno a cuya muerte por una bala perdida se acaba levantando un aroma espeso e irreal…

“Perdonarán que sitúe su natalicio y óbito en Azuara, provincia de Zaragoza. Y perdonarán que esconda su nombre de pila y una completa filiación. Sé bien qué es faltar a la verdad. Pero se trata de una mentira a medias (además de piadosa) que pienso puede evitar males mayores”.

En torno a este tema giran los relatos de Abrir la puerta, en torno a esa diferencia, a veces abisal, entre quienes somos —muchos, seguramente, dentro de nosotros unos extraños todavía incrédulos de nosotros mismos— y lo que nos consideran, nos añaden, nos quitan, nos manipulan.

Personajes reunidos en torno a un difunto, o a una genealogía extinta, que dejan volar su imaginación. Nadie duda que de ese material está hecha la historia, en mayúscula o minúscula, como una ideación pintoresca y convenida cuando estamos seguros de que nadie la va a contradecir.

“Esta es la historia. Ni más, ni menos. Lo digo con la mano en el corazón, ahora que velo su agonía y que creo, sin duda, que va a ser su sueño eterno”.

Doce relatos de poderoso estilo, sostenido con firmeza y que, como espero pueda deducirse de esta reseña, tienen ese fondo intelectual de los buenos relatos que nos llevan, al concluir su lectura, a hacernos preguntas.


Ficha técnica: Abrir la puerta, Ramón Acín,Editorial Traspiés, 124 páginas

ABRIR LA PUERTA, por Alberto Díaz Rueda (La Comarca. net. Alcañiz)

Ramón Acín es de Piedrafita de Jaca, Huesca, y catedrático de Lengua y Literatura. Con estos antecedentes se le presuponen dos cosas, humor afilado como buen maño y conocimiento del instrumento que usa, la lengua castellana. De ambas cosas doy fe tras haber leído su recopilación de relatos "Abrir la puerta" que ha publicado con Ediciones Traspiés. No podemos hablar de un recién llegado a la narrativa, bien lo saben los de esta tierra. Acín lo ha transitado todo, desde los libros de relatos (este es el sexto, si no voy errado), la novela (cuatro) o el ensayo (cinco). Además se ha metido en el mundo editorial y en el de la promoción de ese insigne y necesario vicio llamado lectura. Por tanto, es uno de los nuestros, frase peliculera que nació en el alto mundo político anglosajón.

Resulta interesante leer a Ramon Acín. Alguien le llamó "agitador cultural", con todas las beneméritas connotaciones del título. Y hay algo de esa dinámica desafiante que los de antes llamaban "èpater le bourgois" en muchas estampas de su libro, como en "Cioconda, la Radiante", un retrato goyesco de una "reina del Paralelo" barcelonés, o el de "El santo bebedor" un retrato a lo Bowle de un tipo estrafalario, escritor, sablista, eremita forzado, un tipo que "llevó siempre vida de fugitivo (de la justicia...pero también de sí mismo" (pag.64).

Acín logra interesarnos por su indudable voluntad de romper el género y nos ofrece una contundente mezcla de imaginación, realidad documental (sea cierta o no), esperpento y una cierta erudición. En "Héroes 'inmolados' " juega con la historia y nos habla de un suicida en la plaza Venezuela de Caracas, vinculado tras una vida azarosa con los refugiados republicanos de la guerra civil española. Con "Lobo solitario" da una nueva vuelta de tuerca y nos habla del fanático obsesionado con Greta Garbo, para volver en "Del entierro de Estanis, el abacero" a nuestra guerra incivil, con una historia buñuelesca sobre el almadiero segado por una bala perdida al final de la batalla del Ebro. Y la historia la trufa con una deliciosa lista de hierbas con las que el cadáver insepulto pero enferetrado de Estanis desemboca en el Mediterráneo para una singladura sin fin (los hermanos Cohen harían una buena película con este guión).

Con "Make-up, make-up, make-up" Acín ya roza la broma surrealista y nos relata la historia de un político peculiar que entre sus aficiones pregona la de "experto en ácaros e insectos propios de la fauna de las tumbas" (pag.50). En "Amores locos" nos habla de un amor con mal final desde el punto de vista del tercero en discordia, donde Acín nos deja testimonio de un cierto lirismo dentro del estilo rimbombante, y guasón en el fondo, que el escritor practica con sorna pero sin mala leche.

En otros relatos del pequeño pero jugoso libro juega con el tremendismo como la historia de un don Juan peculiar "enano contrahecho y con una verga descomunal" pag.85, o con un humor irónico y burlón vestido de articulo periodístico en "Un espacio llamado El Ocaso" o el juego literario de "Y al final, como todos, él dijo GUAU", en el que el humor guarda su sorpresa al terminar de leer.

El libro de Acín me recuerda esas muñecas rusas de diferentes tamaños que se contienen unas a otras. En estos relatos el lector se presta con agrado al juego del narrador, el comienzo nos extravía, el desarrollo nos confunde y al final todo cobra un sentido. Y en cada uno de los relatos se contiene algo de lo anterior. Y ese algo es ese humor que nace con una sonrisa, no busca la carcajada y deja una sensación de divertida extrañeza. Vamos, humor aragonés con sus goticas de retranca gallega y formulación austera castellana. Y, por encima de todo, la evidencia de que Ramón Acín ha escrito exactamente lo que le venía en gana. Pero como nos divierte, pues miel sobre hojuelas.

ABRIR LA PUERTA.- Ramón Acín.- ED. Traspiés. 122 págs

martes, 28 de mayo de 2013

ABRIR LA PUERTA


 Por Fernando P. Fuenteamor  en  Divertinajes. com ("El prado eléctrico")
 
Ramón Acín, además de catedrático eminente, es un hombre de una vocación literaria telúrica y su multiplicidad de facetas nos ha dado a través de los años una obra personal importante en volumen y calidad. Acín no es lo que entendemos por un escritor popular, tampoco le hace falta, la verdad. Él llega al lector por otros caminos más personales y más íntimos y el que lo lee una vez es seguro que volverá a hacerlo en todas las ocasiones que vuelva a publicar guiado por una fidelidad que se basa en que su escritura nunca defrauda y las más de las veces sorprende y deleita.
Abrir la puerta (Traspiés) no es una excepción. En esta exquisita colección de cuentos, el autor nos invita a pasar al otro lado de la puerta proveyéndonos de una llave, que nos permitirá penetrar en las vidas de una galería de personajes tan impares como sus historias, desde Cioconda, la radiante, que abre la colección a Hachikó que la cierra, vamos a descubrir una procesión de personajes espurios que funcionan como afluentes de un todo que, a veces, parece bifurcarse en meandros que transitan lugares y tiempos diferentes pero que finalmente se agrupan en único estuario para desembocar en una de las lecturas más gratificantes que un lector pueda alcanzar.
Acín ama las palabras porque las conoce; nunca las fuerza, pero la mayoría de las veces las transfigura de tal manera que se diría es la primera vez que las escuchamos. Hace de la ironía un arte y del bizarro una metáfora de la insulsez de nuestras vidas. Trastocando el análisis de lo que entendemos por “realidad”, logra, además, que reflexionemos sobre temas, que pensamos importantes, como la vida, la muerte, el amor más o menos fou, la impostura, pero siempre haciéndonos sonreír.
Su estilo es claro, y su prosa una exhibición de recursos destinados a situar al personaje de la forma más conveniente en la mente del lector.
Este pequeño opúsculo, apenas ciento veintidós páginas, es un verdadero regalo para los sentidos que nadie debería perderse.
 

viernes, 6 de abril de 2012

DOS BUENAS NOVELAS SOBRE MAQUIS ALTOARAGONESES

Los maquis parecen una buena fuente de inspiración para la creación literaria. En su actividad guerrillera de los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo hay ingredientes en principio atractivos para cualquier novelista: acción, aventura, paisaje, un cierto halo romántico y el encanto especial que para muchos escritores y lectores tienen siempre los perdedores. Si esto se inscribe en un periodo con afanes por recuperar una determinada memoria del pasado y en un momento de gran aceptación de la llamada novela histórica, se podría pensar en la existencia de un buen número de obras narrativas sobre el tema en la literatura española reciente. Sin embargo, la realidad parece desmentir esta suposición.esta suposición.
Aunque han sido abundantes en los últimos años los ensayos y estudios históricos sobre el fenómeno del maquis en nuestro país, son escasas las obras de ficción ambientadas en ese periodo de nuestra historia. Desde la recuperación de la democracia en España, no son muchas las novelas en que los guerrilleros aparezcan como protagonistas. Hubo que esperar hasta 1985 para que Julio Llamazares publicara "Luna de lobos", primera obra importante sobrelas peripecias y la derrota final de una partida de guerrilleros. Ambientada en los montes de León y llevada más tarde al cine, sigue siendo la mejor y más conocida de las novelas sobre el tema. En la década de los noventa hay que situar la trilogía de Alfons Cervera constituida por "El color del crepúsculo" (1995), "Maquis" (1997) y "La noche inmóvil" (1999), historias que transcurren en la comarca valenciana de Los Serranos y en el pueblo ficticio de Los Yesares, y que sirvieron de base a la película "Silencio roto" de Montxo Armendáriz. César Gavela publicó en 1998 "El puente de hierro" sobre los guerrilleros de El Bierzo, y, en 2001, Andrés Trapiello dio a la luz "La noche de los cuatro caminos" sobre la Agrupación Guerrillera del Llano, que actuó en la provincia de Madrid entre los años 1944 y 1945. De manera muy secundaria o tangencial hay referencias a los maquis en otras novelas recientes, y en un contexto más amplio hallamos una abundante presencia de la resistencia antifranquista urbana en unas cuantas obras del barcelonés Juan Marsé.
En Aragón, donde la guerrilla tuvo una considerable actividad en la década de los cuarenta, también en los últimos años han aparecido diversos estudios sobre el fenómeno, y en algún caso, como en el libro colectivo "Historias de maquis en el Pirineo aragonés" (1999), con un cierto tratamiento literario en la presentación de las historias elegidas. Pero, si no estoy equivocado, ninguna obra narrativa había tratado el tema con relevancia hasta la reciente edición de dos buenas novelas con geografía y maquis aragoneses como protagonistas: "La savia de la literesa" de Jorge Cortés Pellicer y "Siempre quedará París" de Ramón Acín. Ambas se inspiran y tienen
como personajes principales a los dos guerrilleros oscenses más conocidos: Ángel Fuertes Vidosa y Joaquín Arasanz Raso, quienes aparecen en ellas con los nombres de Antonio y Villacampa que adoptaron en la guerrilla.
Publicada en 2003, "La savia de la literesa" (Prames, Las Tres Sorores) es una novela que sorprende al lector por su densidad y riqueza. Es una novela torrencial, una novela río, y río caudaloso al que vierten sus aguas numerosos afluentes. Todo el fenómeno del maquis está en sus páginas: la psicología de los guerrilleros; sus andanzas por las montañas pirenaicas, turolenses y levantinas; los enlaces, los colaboradores y las estafetas en el monte; las relaciones entre maquis y lugareños; las órdenes lejanas de los dirigentes del partido afincados en Francia, Praga o la URSS; los designios maquiavélicos del tirano Stalin; la soledad y la falta del apoyo esperado en el interior del territorio español; la imposibilidad de hacer autocrítica sin ser considerado un traidor o un cobarde; las incomodidades de una vida dura, austera y llena de privaciones; el terrible contraste entre los informes que los guerrilleros recibían en Francia y la verdadera situación del país cuyo régimen dictatorial pretendían derrocar; la ferocidad de la represión, las torturas, el fanatismo y el miedo; la cambiante situación internacional que acaba dejando solos a los del monte; la "guerra fría" que consolida a Franco; y la muerte, siempre acechando y cobrándose presas en refriegas y emboscadas en escarpados montes y aldeas remotas.
Todo ello siguiendo los pasos de Antonio, que no es otro que Ángel Fuertes Vidosa, llamado "el maestro de Agüero" por su oficio y por ser originario de esta población. Jorge Cortés había escrito un pequeño esbozo de esta extensa novela en el relato "El maestro", en "Historias de maquis en el Pirineo aragonés", y posteriormente a la edición de su novela ha publicado una breve reseña biográfica del personaje en un artículo en la revista Rolde ("El maestro de Agüero", Rolde, Zaragoza, 2004). Es, sin duda, un gran acierto literario convertir en novela la amplia información reunida sobre el personaje objeto de su minucioso estudio. Podemos hablar tal vez de biografía novelada o de novela histórica, en todo caso la ambientación de la época y del conflicto son más que verosímiles y fieles a los hechos ocurridos, y la estructura novelesca da una mayor libertad al autor para manejar sus materiales y un mayor placer al lector que se adentra en sus páginas. El novelista intercala en la narración en tercera persona varios pasajes puestos en boca de algunos guerrilleros que explican su pasado y el momento en que conocieron a Antonio, quien en muchos casos cambió sus vidas. También hay varios informes militares sobre algunos resistentes del monte y su destino final, casi siempre la muerte violenta o la cárcel.
El libro abarca desde septiembre de 1944 en que la partida de Antonio entra en España hasta mayo del 49, cuando "El maestro de Agüero" muere en una emboscada tendida por la Guardia Civil. La primera parte transcurre en los montes próximos a su pueblo natal, donde crece la literesa, planta que da título al libro. En la segunda, el escenario se desplaza hasta la zona levantina, en la confluencia de las provincias de Teruel y Castellón. Espléndidas son las pocas páginas urbanas de la novela, en las que vemos vagar por Zaragoza a un Antonio solo y desamparado tras la caída de sus enlaces en la ciudad.

Más reciente, del pasado 2005, es "Siempre quedará París" (Algaida) de Ramón Acín, novela menos extensa, más concentrada, con mayor carga simbólica y no menos calidad literaria. Aquí los dos personajes principales son Villacampa y Montes y, aunque ambos participan de aspectos reales del Villacampa verdadero, ninguno de los dos es una reproducción fiel del personaje real. Estamos ante una novela y por tanto es el autor quien crea a sus personajes, aunque para ello se nutra de la realidad y de la historia. El libro tiene estructura circular y se inicia en 1970 cuando el hijo de Elvira y Montes - el simbolismo del nombre es evidente - abandona La Pardina en la que nació su padre y donde él mismo en compañía de Villacampa, su madre y Luisa, viuda del maqui Pons, lo enterraron diez años antes. El traslado final de los restos de Montes junto al viejo roble del gran caserón familiar, que ahora los nuevos tiempos obligan a cerrar, se explica en las últimas páginas de la novela y constituye la justa restitución del personaje que por fin descansa donde se
merece, bajo el gran tronco común que hunde sus raíces en la tierra y que es el símbolo de ella misma, de cuyas entrañas brota y a cuya historia Montes, emblema y representación de todos los suyos, también pertenece. Entre ambos momentos - el cierre de La Pardina y el entierro de Montes - la novela explica la conversión en derrota de la ilusión inicial que llevó a los guerrilleros a cruzar las montañas pirenaicas. Vemos a Villacampa en los preparativos de su entrada en España, se recrean los hechos ciertos del paso de la frontera en vagonetas mineras y la llegada al Valle de Arán, la liberación de unos prisioneros que escapan de sus liberadores y el choque de bruces con una realidad inesperada ("el exilio exterior se muestra quimérico, mientras que el exilio interior parece estar muerto"). Después vemos vagar a Montes, solo, aislado y al fin desesperado, por los bosques cercanos a La Pardina en la que vive su mujer, contempladas ambas desde su escondite y sin poder acercarse nunca más a ellas. Temeroso de las represalias que pueda sufrir su compañera y abocado a un suicidio que termine con una agonía sin esperanza. Sólo el título de la novela hace referencia a la única victoria de unos hombres doblemente derrotados, al único momento feliz de esa generación desgraciada. El libro es la crónica amarga de su última derrota en la soledad y la tristeza, aunque el final pueda leerse como una restitución necesaria tras largos años de olvido y de silencio.
La recomendable lectura de estas dos novelas permite adentrarse en aquellos tristes y desgraciados años de nuestra historia. Años que, aunque aún cercanos en el tiempo, quedan por fortuna muy lejos de nuestras presentes realidades.
Carlos Bravo Suárez

domingo, 6 de noviembre de 2011

MUERDE EL SILENCIO EN NOTAS DE JOSÉ ÁNGEL GARCÍA LANDA



Vanity Fea: Blog de notas de José Ángel García Landa (Biescas y Zaragoza) - Noviembre 2011

Sábado 5 de noviembre de 2011

The Abandoned Village

Es un poema de Goldsmith, The Abandoned Village, y todo un motivo literario. El éxodo rural—parte de la Gran Historia, de la única gran historia que incluye todas las demás. Una parte importante, pues es la que representa el paso de la tradición agrícola a la modernidad urbana. El éxodo rural es hacia la ciudad, y hacia el futuro ya contenido en el presente, alejándonos del pasado también contenido en el presente.

Es en parte la historia a la que aludía el otro día a cuenta de Aparajito, de Satyajit Ray. Hoy a cuenta de Muerde el silencio, novela de Ramón Acín—colega de mi facultad al que no conozco, y casi vecino también, del Valle de Tena, si es que Biescas está en el valle de Tena, que hay opiniones al respecto—desde luego, el valle empieza o termina en Biescas, inclusive o no.

Supongo que a quienes venimos de los pueblos nos interesa especialmente el éxodo rural. Y de eso va en parte Muerde el silencio—también de todas las historias entrecruzadas y destinos de la gente del pueblo, una red de memorias y de vidas que se desteje o pasa al olvido cuando los pueblos se abandonan. También cuando no se abandonan, hay que decir—poco más de una generación duran estos saberes y recuerdos mutuos. Pero la desaparición es más vívída cuando va unida a la desaparición o transformación radical (tanto da) del pueblo, a la ruina de la casa, a la demolición de los rincones conocidos. Una vieja pared que se tira deja un espacio desacralizado, quita el misterio que iba unido a los recuerdos desde la infancia. Se fue, y no hay nada. No había nada detrás. De eso pasa mucho en la modernidad, que a veces destruye construyendo. En el Pirineo, el pueblo que no se queda vacío suele volverse irreconocible a base de demoliciones y urbanizaciones. Si el pueblo no queda abandonado, o reconstruido, también queda abandonado de todas maneras, pues es el pueblo que abandonamos.

El éxodo del pueblo cambia de sexo en la novela, y es la historia de Angelina, que se va de su pueblo a finales de los sesenta, para casarse con un ingeniero hispano-alemán, hijo de un nazi por más señas, y no volverá al pueblo hasta verlo irreconocible.

"La desaparición era realidad. El pueblo no era el pueblo. Pocas casas permanecían en pie según la fotografía que Angelina tenía impresa en su memoria. Las casas, perdida su antigua fisonomía, presentaban el esquema repetido que destila un diseño único. La esencialidad unívoca con la que, cuando el pueblo aún era pueblo, cada familia solía impregnar sus posesiones y edificios, había desaparecido. Los callizos y medianiles habían sido eliminados. Las antiguas callejas ofrecían un remozado ensanchamiento a costa de cuadras y dependencias secundarias como zolles y casetas. Los huertos no acogían el colorido de las verduras, legumbres o frutas de antaño, porque, en su totalidad, se había convertido en verde jardín artificial.

La sensación apiñada de antaño, donde unas casas se amparaban o sostenían unas a otras, ya no existía. Al contrario, lo que veía Angelina desde el solar de su Casa era el aislamiento buscado de la correcta convivencia residencial. Su conjunto, menos compacto e irregular y, sin duda, más habitable, no contenía el calor humano de épocas pasadas. Su pueblo, aunque llevase el nombre, era un pedazo de ciudad. Un fragmento de dormitorios transplantados al Valle. Sin vida, pese a estar habitado masivamente en la época estival y pese a la estampa de vida permanente.

Mirar hacia los campos de labor, prados y montes para el ganado, tampoco mejoró su sensación de disgusto. Apenas quedaban vestigios de los pequeños pedazos de tierra, marcados y delimitados en sus márgenes, con el mmo de paredes de piedra o por una vegetación nacida en libertad. La placentera panorámica de su niñez, había desaparecido. La inmensa alfrombra verde y marrón, confeccionada por los múltiples retales de campos y prados, no existía. En su lugar, una gran sábana verde, sin gracia y desprovista de vegetación. Los campos de labor y los prados, antaño corazón y pulmón del pueblo, eran redil de golfistas o recorridos para gimnasia de mantenimiento. Tampoco quedaba rastro de la concentración parcelaria que el Estado hizo tras la expropiación, intentando una explotación moderna.

Era una realidad: La vida de verdad había sido sustituida por la ficción de las horas de asueto. El pueblo no contenía vida, contenía placer fungible, comprado y consumido por personas desconectadas del alma del Valle. El hermanamiento con la naturaleza se había traducido en ocupación y sometimiento.

El pueblo y el Valle eran tan ajenos como las personas que en él, con el atractivo del pantano, habían levantado nuevos edificios o remodelado antiguas construcciones. No tuvo duda: allí no latía la historia. Lo que estaba viendo era otra cosa. Incluso el aire que respiraba ale pareció diferente. Más seco, menos nutritivo.

'El pueblo es un barco varado y desarbolado en la costa de la muerte. El tiempo lo ha desguazado lentamente y en silencio, hasta hacerlo irreconocible', pensó.

Angelina, disgustada por cuanto veía, consideró que ella, pesea a todo, era la menos indicada para pedir cuentas. Fue de las primeras en firmar la expropiación forzosa dictada por el gobierno, y también, la primera en cobrar la indemnización ofrecida por los tasadores del Esstado. Cuando aquello sucedió, Angelita, su madre, ya no vivía. Acababa de morir. La muerte le facilitó las cosas. De no fallecer, seguro que hubiese sido diferente. O, como mínimo, más ardua la negociación. Además, lo pensó siempre, habría tenido que pechar con el remordimiento, porque no le cabía duda que la decisión habría llevado a su madre a la tumba".
(Muerde el silencio, 170-71)


Es la manera en que la modernidad se escribe en las vidas de las gentes y de los pueblos, dándoles forma, si no deshaciéndolos, transformándolos súbitamente. Somos víctimas, y beneficiarios, de una fase acelerada de la historia, un presente con jet-lag, que aún está buscando el pasado de donde salió y que ya no guarda a veces ni los signos mínimos de continuidad consigo mismo que cabría esperar, y eso nos enfada y desorienta. La alternativa a la modernización, es la que aparece en la canción de Francis Cabrel "Carte postale"—otra historia del pasado desaparecido, deshauciado y al que se le ha echado el candado para siempre. No sé con cuál me quedo, con ninguno, supongo, pero la historia ya elige por nosotros, y a través de nosotros.

Carte postale

Allumés les postes de télévision
Verrouillées les portes des conversations
Oubliés les dames et les jeux de cartes
Endormies les fermes quand les jeunes partent
Brisées les lumières des ruelles en fête
Refroidi le vin brûlant, les assiettes
Emportés les mots des serveuses aimables
Disparus les chiens jouant sous les tables
Déchirées les nappes des soirées de noce
Oubliées les fables du sommeil des gosses
Arrêtées les valses des derniers jupons
Et les fausses notes des accordéons
C'est un hameau perdu sous les étoiles
Avec de vieux rideaux pendus à des fenêtres sales
Et sur le vieux buffet sous la poussière grise
Il reste une carte postale

Goudronnées les pierres des chemins tranquilles
Relevées les herbes des endroits fragiles
Désertées les places des belles foraines
Asséchées les traces de l'eau des fontaines
Oubliées les phrases sacrées des grands-pères
Aux âtres des grandes cheminées de pierre
Envolés les rires des nuits de moissons
Et allumés les postes de télévision
C'est un hameau perdu sous les étoiles
Avec de vieux rideaux pendus à des fenêtres sales
Et sur le vieux buffet sous la poussière grise
Il reste une carte postale

Envolées les robes des belles promises
Les ailes des grillons, les paniers de cerises
Oubliés les rires des nuits de moissons
Et allumés les postes de télévision
Allumés les postes de télévision